Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris - Turismo cultural. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris - Turismo cultural. Mostrar tots els missatges

Impresiones de Singapur

Marina Bay Sands: la imagen edulcorada que vende Singapur
La primera impresión que obtengo de esta singular ciudad-estado es la sorprendente visión aérea de muchas decenas, quizá centenares, de buques fondeados cerca de la costa. Todos ellos paralelamente orientados siguiendo el viento y la corriente, con sus colores y formas flotando sobre un mar pardo-verdoso. ¿Cuántas historias podrían explicarnos de tormentas tropicales, oxido y salitre, en su vagar transportando especies, contenedores, vehículos, granos, personas o carburante?

Desde la orilla, de noche, las sombras y las luces de los barcos bambolean en la distancia, formando una barrera que aprisiona la mirada hacia mar abierto. Sentados cerca de la playa en el East Coast Lagoon sentimos las mil olores que emanan de la variedad de chiringuitos de comida: pescado frito, mariscos, currys picantes, tempura, jengibre, arroz, cerdo agridulce, pinchos en la barbacoa, salsas y crema de soja...  Esta es, seguramente, la experiencia más auténtica de esta ciudad multiétnica, a veces tan artificiosamente moldeada, pero que hasta en el aeropuerto existe una zona de paradas con una gran variedad de comida popular.

Más allá de su gran diversidad étnica, religiosa y cultural, Singapur es un experimento político homogeneizador y azucarado, que como otros regímenes autoritarios postmodernos utiliza el consumismo para seducir a la población. Un obsesivo espíritu ordenador, civilizador en el sentido más triste del término, contamina los comportamientos sociales. Buena parte de la población se siente orgullosa de la identidad singapuresa, una identidad que pretende superar las profundas raíces chinas, malasias, indonesias, hindúes o filipinas de una ciudad que cuando llegaron los ingleses no era más que un pequeño pueblo de pescadores malasios. Hoy, la comunidad china es la predominante, pero el aparente clima de convivencia y calma social se sostiene en el mantenimiento del orden simbólico, herencia colonial victoriana, lubricado con dinero. Sólo de vez en cuando, una explosión racial de rabia, fruto de la discriminación y la desigualdad, hace saltar por los aires la aparente cohesión social. Hay que decir, sin embargo, que el régimen ha conseguido ofrecer unos niveles de bienestar y seguridad poco comunes en el Sudeste asiático, lo que atrae grandes flujos inmigratorios y lo convierte en un paraíso de las finanzas y el consumo acomodado internacional.

El espíritu ordenador se sirve de la cultura y el urbanismo, pero llega a domesticar la exuberante naturaleza tropical. El centro histórico ha sido totalmente transformado. La desembocadura del río Singapur, antiguamente rellena de tongkangs (barcazas tradicionales), ha sido integralmente regenerada perdiendo su antiguo encanto popular. La viveza tradicional ha sido sustituida por un urbanismo estandarizado, con centros comerciales impersonales y ramblas para pasear edulcoradas. Junto a los antiguos edificios gubernamentales y viejos hoteles coloniales, hoy museos o establecimientos de lujo, emerge un barrio de negocios coronado de rascacielos. Un enorme edificio singular, el Marina Bay Hotel, preside la bahía rodeado de varios parques donde la naturaleza encapsulada se ofrece a los turistas de paso. Estos, mezcla de hombres de negocios, jubilados de alto standing o representantes de la rica burguesía oriental, disfrutan de unos jardines y de unos espectáculos de luces y sonidos sin alma, como si estuvieran en un Disney park cualquiera. Singapur sigue la ola de los emiratos árabes en la carrera para atraer dinero y turismo en base a una oferta espectacular, pero en el fondo anodina de tan comercial y main-stream como intenta ser: grandes teatros con una oferta internacional ecléctica, casinos, paseos ajardinados, centros comerciales con productos de marca ...

Todo se invierte, sin embargo, cuando un domingo al atardecer entras en Little India. Este es un barrio que a plena luz del día contrasta por su autenticidad y viveza. Las viejas casas coloniales, con detalles de art-deco, están ocupadas por comercios regentados por hindúes: olores, colores y especies, junto a tiendas de electrónica o de moda oriental. Esta agitación habitual, al lado de iglesias cristianas, templos budistas o hinduistas y mezquitas, explota en los días festivos al crepúsculo. Miles de hombres invaden la calle para comentar la jornada, sin dejar casi espacio para caminar. De repente, te sientes terriblemente forastero, invadiendo un espacio que es de ellos, de esa inmensa masa de hombres de piel morena, que discuten o toman algo de pie o en cuclillas en las calles en penumbra.

Parece mentira que estés a tan poca distancia de los grandes centros comerciales, de los cartelas que conminan a hablar un inglés gramaticalmente correcto, de los antiguos barracones del ejército convertidos en galerías de arte carísimas, o de la magnífica biblioteca nacional llena de lectores y de libros en una gran diversidad de idiomas. En el LaSalle College of Arts, una escuela artística de alto nivel situada en un edificio de estética de vanguardia donado por el gobierno de Singapur, chicas (pocos chicos, como en la mayoría de escuelas de arte de todo el mundo) ensayan sus obras. Algunos de sus máximos responsables docentes son expatriados occidentales que, junto a profesorado local bien conectado, lideran un magnífico proyecto de educación artística y de gestión cultural con voluntad de apertura y de influir a nivel local y regional. No es un caso único en la región, pues se repite en Hong Kong o Taiwán, pero viniendo de los cada vez más pobres centros formativos del sud de Europa, da envidia su riqueza y energía.


Singapur es un cruce de caminos en este Sudeste asiático de contrastes enormes (sociales, económicos, étnicos y religiosos). El dinamismo y orientación al negocio de las élites orientales es enorme, probablemente ancestral, pero no dudan en occidentalizar la fachada para conquistarse a sí mismos y al mundo entero. En este contexto, lo europeo aún encarna una cierta aura de legitimidad -siendo el arte y el patrimonio uno de sus espectros clave-, pero dicha influencia se diluye como el dulce aroma de tabaco si uno no mantiene la pipa encendida. Olvidemos el anacrónico eurocentrismo, pues nuestra influencia no volverá aunque el injerto postcolonial persista. Solo con grandes dosis de inteligencia, respeto y ganas de aprender es posible subirse al ajetreado tren tirado por la imparable locomotora asiática.

¿Qué estrategia turística para salir de la crisis?

Cesc, en uno de sus mejores libros sobre el impacto del turismo
Una de las recetas más escuchadas para salir de la crisis consiste en exportar y atraer demanda externa hacia la economía doméstica. Dada la progresiva reducción de la producción industrial en las economías desarrolladas, y en consecuencia la dificultad para que las exportaciones convencionales de bienes manufacturados puedan continuar tirando del carro, la venta exterior de servicios se vislumbra como la mejor substitución. En el caso particular de los países del sur de Europa, el turismo (asociado a los servicios culturales, académicos, de congresos o sanitarios, así como a la oferta comercial y de ocio, y a la actividad económica en general) representa uno de los pocos motores capaces de tirar de nuestras maltrechas economías, puesto que no hemos sabido invertir suficientemente en otras actividades y servicios generadoras de mayor valor añadido.

¿Será el viejo y desprestigiado modelo de sol y playa, de permisividad y alcohol barato (al que algunos quieren sumar el juego) el que nos ayude a salir de la crisis? De momento, y aun que nos pese, parece la alternativa más fácil. Pero, ¿Es posible modificar el modelo para no continuar malbaratando nuestros recursos paisajísticos y patrimoniales, y generar un desarrollo sostenible en términos económicos, sociales y culturales para capas lo más amplias posibles de la sociedad?

Existe una pluralidad de modelos turísticos y es importante conocer cuáles son los escogidos por los principales operadores turísticos y por nuestros representantes políticos. Algunos de estos modelos (por ejemplo el de los grandes resorts de muchos países en desarrollo) generan una distribución muy asimétrica de sus beneficios y costes entre el conjunto de la población y los grandes grupos turísticos, mayoritariamente internacionales. En nuestras latitudes el excedente está menos concentrado en una pocas manos gracias a un tejido mucho más amplio y plural, pero la inversión y los costes de mantenimiento de las infraestructuras (comunicaciones, sanitarias, seguridad pública, etc.), de congestión de los servicios en temporada alta (así como su sobredimensión en temporada baja) y los daños patrimoniales (a menudo irreversibles) los pagamos entre todos. No parece muy inteligente continuar apostado por un modelo que socialice los costes y privatice los beneficios. Dentro de lo posible, las políticas públicas deberían tratar de conseguir trabajo de calidad (y salarios acordes con ello), así como oportunidades de negocio para cuanta más gente mejor, tanto en el ámbito turístico como en los sectores de su alrededor. Para ello es importante diseñar políticas urbanísticas, comerciales, financieras, sanitarias, de infraestructuras, de seguridad y de promoción turística dirigidas a dicho fin.

Es importante, sin embargo, tener presente las lógicas de negocio dominantes en la industria turística. Por un lado es un sector caracterizado por el comisionismo (quien aporta demanda se lleva una parte). Por otro lado y con la excusa de que el turismo da trabajo y beneficia al conjunto de la sociedad, el empresariado turístico acostumbra a no corresponsabilizarse de la inversión colectiva y a no asumir las externalidades negativas que el turismo genera (suciedad, destrucción del patrimonio, etc.). Se pretende que sean los presupuestos públicos los que garanticen las infraestructuras colectivas, una buena oferta cultural, paguen las campañas de promoción turística y mantengan unos impuestos menores que el resto de sectores económicos (en España el IVA reducido).

Solamente con una mayor transparencia respecto los aportes y los costes, y una cultura de la corresponsabilidad será posible diseñar conjuntamente estrategias turísticas beneficiosas para todos, y que nos preparen cara al futuro. Muy pronto otros destinos generaran ofertas más atractivas (no siempre el norte de África será un lugar inseguro) y solo siendo muy competitivos podremos aliarnos con unos mecanismos de mediación turística cada vez más transparentes y autónomos (el peso de los paquetes turísticos se ha reducido al 40%). Debería preocuparnos ser un país cada vez más monoproductor, por mucho que con el paro y la crisis actual nos alegre el dinamismo del sector turístico, con lo que es necesario luchar por una economía más diversificada y donde la actividad turística ayude a generar innovación y mayor valor añadido. Por desgracia no veo que avancemos mucho en esta dirección.

Dos temas han generado una particular polémica en el ámbito de las políticas turísticas: la tasa turística y la inversión y gestión de las infraestructuras de transporte aéreo. Ataco de entrada el primer tema:

Cuando el gobierno progresista balear implementó dicha tasa para disponer de recursos para mejorar la calidad de la oferta cultural y paisajística, y al mismo tiempo desarrollar una mejor promoción de las islas a nivel internacional, los grandes empresarios turísticos de las islas (empujados por un partido popular embravecido) lanzaron una campaña durísima en su contra. Cuando en las siguientes elecciones la derecha logró de nuevo el poder, lo primero que hico el autollamado partido turístico-frienly fue abolir dicha tasa y aprobar un conjunto de normativas turísticas poco respetuosas con la conservación del patrimonio y, en consecuencia, con un modelo de desarrollo turístico sostenible y de calidad. A nadie le importó que en los principales países existiera una tasa turística parecida (Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia, y un largo etcétera de países turísticos disponen de ella) con lo que la mayoría de nuestros clientes internacionales no les sorprende tenerla de abonar. No se pierde competitividad si se explica bien y si los recursos obtenidos sirven realmente para mejorar la oferta y las estrategias de promoción.

Cataluña, con su tasa de pernoctación implantada durante este último año, no sólo mantiene su liderazgo en la consecución de turistas extranjeros sino que lo incrementa: es la primera comunidad autónoma en turismo internacional, con una cuota del 25,6% sobre el total español (con un incremento del 6,6% entre octubre de 2012 y octubre 2013, y un aumento del gasto turístico en el mismo periodo del 20,5%!!). Está claro, pues, que pese a ser la única comunidad autónoma con tasa turística ésta no tiene efectos negativos en términos de competitividad. El objetivo, ahora, debe consistir en gastar correctamente los recursos obtenidos para la mejora de la promoción y la oferta turística, y muy en particular en orientar nuestro sector turístico hacia la calidad, la innovación y la compenetración con el resto de nuestro tejido productivo.

A la cuestión del transporte aéreo, las compañías que reciben ayudas públicas, las tasas aeroportuarias y a la inversión y gestión de los aeropuertos españoles por parte de AENA voy a dedicar el siguiente post.

Los festivales de música y artes escénicas en España (3): Distribución territorial y estacionalidad



La distribución por comunidades autónomas de los festivales de artes escénicas y música*, nos muestra una gran asimetría geográfica. Mientras que algunas zonas concentran un gran número de festivales, otras presentan mucha menos actividad. Uno de cada cuatro eventos se celebra en Catalunya, aun y contar con el 16% de la población. Andalucía y la Comunidad de Madrid le siguen con un 12,4% y 9,2% del total de eventos españoles, muy por debajo de su capacidad demográfica. La media española de festivales por cada 100.000 habitantes es de 1,7; proporción que es superada ampliamente por La Rioja (con una tasa del 3,1) en una comunidad que apenas supera los trecientos mil habitantes. Le siguen: Catalunya con 2,7, Aragón con 2,4, País Vasco con 2,3 y Castilla y León con 2,2. Por el lado contrario, Madrid y la Comunidad Valenciana solamente organizan 1,1 festivales por cada 100.000 habitantes. 

La distribución tampoco es homogénea si se examina el género artístico predominante. A nivel global, la proporción de festivales de música y artes escénicas es paritaria, pero territorialmente se observa un predominio de los festivales de música en la costa mediterránea y atlántica, con la adición de Aragón y las excepciones de Cantabria y Murcia. En cambio, el interior castellano-extremeño se orienta de forma significativa hacia los festivales escénicos.  Parece ser que el clima marítimo, el pasado histórico, y en cierto sentido también la capacidad de atractivo turístico, marcan mucho más de lo que uno se imagina. La distribución geográfica se puede observar con detalle en el MAPA de festivales de música y artes escénicas en España.

En contraposición, el tamaño demográfico del municipio no aporta diferencias significativas. Aunque es interesante observar la concentración de festivales en las dos principales ciudades española, Madrid (con 46 eventos) y Barcelona (con 51). Otra cuestión, estudiada en otro apartado de nuestro estudio, es el tamaño de cada evento en términos de audiencia y volumen de presupuesto.
Por otro lado, cabe destacar que la escasa relación entre el género artístico programado y el tamaño de la población, pero sí entre el tamaño de la localidad y el carácter del organismo titular que pone en marcha o gestiona el festival. Así, se obtiene que las iniciativas lucrativas suelen organizar sus festivales en las grandes ciudades, ya que casi la mitad de dichos eventos optan por municipios de más de un millón de habitantes. En el caso de los organismos públicos sucede prácticamente a la inversa, ya que los eventos artísticos directamente dependientes de la administración se ubican en ciudades de menos de 50.000 habitantes. Por último, los festivales de iniciativa no lucrativa se concentran en localidades de entre 50.000 y 100.000 habitantes (el 46% del total). 
Asimismo, es interesante analizar la distribución a lo largo del año de la oferta de festivales.  En solo dos meses, julio y agosto, se concentra el 35% de los festivales de todo el año, pues el periodo estival acoge un buen número de los eventos al aire libre. Fuera de este momento, mayo y octubre son a us vez meses de gran actividad. Sin embargo, existen grandes diferencias en función del género artístico. Los festivales de música se programan mayoritariamente en verano (en algunos casos para complementar la oferta turística), mientras que los de artes escénicas tienen una mejor distribución a lo largo del año. El mes de julio concentra la mayor parte de festivales de música moderna, mientras que los de música erudita se distribuyen de forma más equilibrada entre julio y agosto.
 

Finalmente, merece la pena destacar la alta correlación entre tamaño del municipio y estacionalidad. Los municipios más pequeños concentran tres cuartos de sus enventos en los dos meses centrales del periodo veraniego mientras que Madrid y Barcelona solo organizan durante estos meses el 15% de sus festivales.

Lluís Bonet y Tino Carreño
________________________
* Censo realizado para el estudio, datos enero 2012.

Patrimonio nacional - patrimonio universal: la instrumentalización de la construcción simbólica*


¿Qué tipo de patrimonio conservan y ponen en valor los museos nacionales? Buena parte de los documentos, artefactos y obras de arte depositados en ellos responden al proceso histórico que acompaña la construcción de la identidad nacional.  Este proceso, no lineal ni necesariamente coherente, es el resultado de decisiones tomadas por sus responsables a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando la mayoría de estos museos emergen y se consolidan.  Sus colecciones describen los gustos e intereses –es decir, la ideología– de las clases dominantes de diversos periodos históricos, siendo el reflejo de la voluntad coleccionista y de pervivencia de colectivos influyentes: monarcas, militares, eclesiásticos, científicos, filántropos, viajeros o académicos. El legado resultante no es casual, pues la modestia o superabundancia de obras de determinados estilos o épocas no solo explica los gustos, escala de valores, riqueza e intereses simbólicos de cada generación o grupo social, sino también las relaciones políticas, artísticas y comerciales de cada país con el exterior.

Los grandes museos nacionales, así como muchos otros a escala urbana o regional, son los depositarios naturales de la construcción ideológica del patrimonio nacional, en diálogo más o menos autónomo o subalterno con los grandes centros museográficos occidentales. Sus diversos responsables, políticos y técnicos, establecieron los criterios que a lo largo del tiempo han diferenciado los elementos de prestigioso –aquellos que merecían ser estudiados, preservados y puestos en valor–, de aquellas otras expresiones subalternas o marginales que no merecían ser incluidas como parte del patrimonio nacional reputado. Asimismo, reseñaron los límites entre este patrimonio y el del resto del mundo de referencia, así como las influencias y pertenencias mutuas. Las tradiciones historiográficas o museísticas nacionales, que tal como se ha indicado responden a los valores culturales e ideológicos dominantes en cada sociedad, son un subsistema de las referencias y criterios de la comunidad científica internacional.  En particular, de la de aquellos países de referencia por su prestigio político y cultural (Francia, Reino Unido, Alemania o Estados Unidos). En el mundo occidental, la concepción dominante del patrimonio nacional, así como de aquella parte del patrimonio universal preservado en los respectivos museos, se ha construido sobre la base del diálogo entre las propias tradiciones (en particular los mitos autóctonos -indígenas o criollos en el caso latinoamericano- fundacionales de la identidad nacional) y la cultura clásica (aquella que la escuela establecía que nacía en Sumer, pasaba por Egipto, Tierra Santa, Grecia y Roma, y concluía en la civilización moderna y contemporánea de Europa y América). Paradigma que se completa con algunas muestras del patrimonio de los países con algún tipo de relación geográfica o histórica (vecindad, colonial, comercial o migratoria).

Por su lado y en contraste con los museos nacionales de arte o historia convencionales, los museos etnológicos son mucho más recientes. En ellos se recogen fundamentalmente las tradiciones pre-modernas, propias y ajenas, que no constituyeron históricamente el bagaje que merecía ser conservado y puesto en valor. Evidentemente, existen excepciones notables fruto de la abnegación de personalidades extraordinarias, pero por regla general ha sido necesario superar la concepción que reducía el patrimonio a las manifestaciones de la alta cultura para que las expresiones de la cultura popular traspasaran el umbral sagrado del museo. Solo en aquellos países donde dicha tradición constituía la base sobre la que construir una identidad nacional, en especial cuando ésta se sentía amenazada, una determinada expresión de la misma –aquella que coincidía con la ideología nacionalista en particular– formó parte de las colecciones a preservar.

Las sociedad humanas son por definición culturalmente diversas, pero la estrategia de dominio de unos grupos sociales sobre otros ha propiciado bien procesos de aniquilación o homogeneización forzosa, bien de diferenciación por estratos. Las sociedades democráticas modernas, en particular aquellas con una mayor diversidad cultural (territorial o étnica), optaron después de siglos de exterminio, por la integración impuesta más o menos sutilmente.  La escuela, los medios de comunicación y los museos han formado parte de dicha estrategia siendo tradicionalmente los encargados de explicar aquella interpretación de la historia –y de las obras de arte resultantes– que conviene a los grupos dominantes de la sociedad. El patrimonio –los procesos de apropiación, sus límites y concepción, las estrategias de puesta en valor y la propia museología– ha sido instrumentalizado (y en muchos casos continua haciéndose) en función de intereses de tipo ideológico, económico, cultural o social.

Aun hoy, nuestra propia formación como profesionales, aquellos valores de los que nos sentimos partícipes y que reproducimos en las propuestas museológicas y museográficas, no pueden escapar de una determinada visión y vivencia cultural. Es difícil despojarse de la subjetividad ideológica y de las tradiciones historiográficas y museológicas de las que procedemos, por más que intentemos desprendernos de ellas. En este sentido, merece la pena analizar críticamente el origen de las colecciones, los temas elegidos y los profesionales invitados en las exposiciones temporales, la política actual de adquisición de obras, o el contenido de los textos de difusión y del material que acompaña la labor educativa. O si más no, preguntarse sobre las formas de reaccionar frente a la creciente conciencia de diversidad cultural de nuestra sociedad, o ante el reto de la globalización económica y la homogeneización cultural.

Así pues, más allá del legado histórico acumulado en nuestras colecciones, es importante reflexionar sobre el papel de los museos en la reescritura del concepto de patrimonio nacional y su interacción con una visión más amplia del patrimonio universal que incorpore la diversidad cultural propia y ajena, así como los múltiples procesos de hibridación. Esto implica proteger y poner en valor aquellas expresiones tradicionalmente marginadas, explicar su relación con el patrimonio dominante, y dialogar con las culturas del resto del mundo (y no solo con la de los países más poderosos que acaparan, aun hoy, buena parte de nuestras referencias y espejos conceptuales). Evidentemente es más fácil incorporar hoy el legado de los grandes países emergentes (China, India o Japón) que la de territorios marginales o sin vínculos históricos, pero cualquier excusa debería ser buena para intentar ir más allá en el contraste entre los legados propios y ajenos, en especial en un mundo cada vez más globalizado.

Este lento proceso de apertura no puede realizarse, sin embargo, de espaldas a las demandas y necesidades de los diversos colectivos a los que un museo se debe (población autóctona, inmigrados o públicos turísticos). En la mayoría de casos, será necesario acompañarles en este proceso de apertura pues ellos también vienen condicionados por una escala de valores determinada (aquella que una escuela llena de prejuicios aun enseña). La mayoría de los iconos que los atraen a los museos corresponden a las influencias recibidas desde la infancia o inducidas por los medios de comunicación y las guías turísticas. Nuestra obligación debería consistir en crear las pasarelas para que, lentamente, el conjunto de la sociedad tomara consciencia de la riqueza cultural del mundo más allá de dichos iconos o de una determinada (e histórica) construcción artificiosa del patrimonio, tanto del aquel que convencionalmente apodamos nacional como del amplio patrimonio universal.
*Agradezco a Eduardo Nivón la sugerencia del título y los comentarios al texto.

¿Iconos para las masas o solo para las élites?



¿Es posible sustituir los miles de cámaras fotográficas enfocando La Gioconda por una contemplación reposada y sin empujones de la obra maestra de Leonardo? ¿Quiénes serían los privilegiados escogidos y qué habría que hacer con la masa de visitantes decepcionados que son atraídos diariamente por el icono del Louvre?

Una de las paradojas del mundo contemporáneo es el elevado crecimiento de las audiencias de los grandes espacios emblemáticos de la creación humana –y la degradación que este acceso masivo comporta– al mismo tiempo que multitud de otros monumentos y colecciones no logran atraer un flujo suficiente de personas para garantizar la viabilidad social y económica que permita mantenerlos abiertos. Los seres humanos corremos detrás de los iconos, marcando con alfileres virtuales nuestro mapa mental de lugares donde quisiéramos ir, que querríamos experimentar, y luego poder explicar. Tocar el aura y a ser posible llevarnos un recuerdo personal de estos lugares mágicos, con independencia de la calidad intrínseca de la visita efectuada, es importante para aquellos que hemos recibido una determinada educación.
 La calidad de la fotografía que podamos hacer con nuestra máquina es infinitamente inferior a la de una imagen comercializada por el propio museo, pero queremos poder mostrar que hemos estado allí, aunque sea para explicar la anécdota de la fotografía realizada por sobre las cabezas del resto de visitantes. Ahora bien, casi nadie sale satisfecho tras intentar entender porque esta pintura atrae tantas multitudes, y porque a me ha tocado disfrutarla en tan malas condiciones. Muy pocos consiguen descifrar la sonrisa enigmática de la Mona Lisa. Nos quedamos con la inexpresiva explicación de la guía turística, o el recuerdo de aquella clase de historia del arte donde un añorado maestro intentaba transmitirnos a partir de una foto de libro de texto, o con suerte una diapositiva descolorida, los misterios de la pintura de Leonardo. Y es este capital cultural lo que nos ha empujado a no dejar de lado esta apretada sala del Museo del Louvre.

Las alternativas a este despropósito no son fáciles. Todos querríamos ser uno de los pocos privilegiados en poder contemplar con tranquilidad la gran obra de arte. En el fondo, la opción del museo parisino es la misma que la de otros establecimientos con iconos similares. Mientras la gente no se queje excesivamente y la obra de arte no se estropee, prefieren no tomar medidas impopulares que, además, le reducirían los ingresos directos e indirectos que genera. El exceso de flujo humano desanima a algunos y se genera una cierta autorregulación. Ante la previsión de un aumento de la demanda, existen sin embargo varias alternativas: precios de exclusión para visitar obras de arte consideradas excepcionales; turnos de visita reservados anticipadamente; disposición de salas didácticas junto con réplicas de alta calidad y buenas explicaciones. Evidentemente, todas estas alternativas generan un tipo u otro de oposición o inconveniente, pero probablemente no tardaremos en ver algunas de estas opciones habilitadas en ésta u otros iconos con flujos de visitantes similares.

Tiempo al tiempo.