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Por un cambio del modelo de gobernanza y de prioridades en la distribución de los presupuestos públicos de cultura



El pasado 30 de setiembre publiqué en catalán un texto con este mismo título para reflexionar sobre la necesidad de actualizar profundamente las políticas culturales de Cataluña. Algunos amigos me han pedido que adaptara la versión a la realidad española[1] (y algunos de sus aprendizajes a la heterogénea realidad y políticas culturales de Latinoamérica). Aquí va el intento.

En el último congreso de ENCATC[2] en Bucarest profesores de la Universidad de Mälmo me cuentan un ejercicio realizado con el equipo municipal de su ciudad. Se les propuso replantear de cero el presupuesto cultural, suponiendo que no tuviera ningún coste cerrar programas y equipamientos de larga trayectoria, con equipos y audiencias consolidadas. El resultado después de una larga deliberación por parte de los responsables municipales fue no modificar significativamente las prioridades ni el presupuesto de cultura municipal. ¿Qué razones pueden explicar dicha reacción teniendo en cuenta la rapidez con la que cambian los comportamientos y las necesidades culturales? Quizás, la política cultural de Mälmo ha sido históricamente tan dinámica, ha sabido reinventarse y dejar atrás las herencias no adecuadas o poco eficaces del pasado por lo que, hoy, la distribución de su presupuesto y el listado de sus programas responden adecuada a las necesidades contemporáneas. O, en sentido contrario, tal vez nos encontramos ante unos profesionales con unas prioridades y valores conservadores, con una relación endogámica con el sector, que no les permite cuestionar la tipología y proporción de recursos dedicados a bibliotecas, museos, medios de comunicación, festivales, mediación intercultural o apoyo a la industria cultural local.

Si llevamos el debate a la realidad española, probablemente muchos compartimos la opinión que las políticas públicas de apoyo a la cultura son particularmente continuistas y que podrían ser extremadamente mejorables. Los actuales programas de apoyo y las políticas culturales que los sustentan son el resultado de un proceso acumulativo, poco crítico y escasamente actualizado, respecto de un contexto y unas necesidades cambiantes. En aquellos casos donde se ha cerrado un equipamiento o dejado de hacer un programa, ha sido más fruto de la necesidad de recortar las partidas con menor coste político, que una respuesta estratégica para alcanzar de forma eficaz, eficiente y equitativa unos objetivos definidos tras un reposado ejercicio de diagnóstico. En España, los fundamentos de la actual política cultural se ponen en marcha hace casi cuarenta años, en 1979, con los primeros ayuntamientos salidos de elecciones democráticas después de la muerte del dictador. En este período, las formas de expresión, consumo y participación cultural han cambiado radicalmente empujadas por el acelerado proceso de transformación tecnológica (digitalización y en ciernes las nuevas aplicaciones de inteligencia artificial), cambio de valores en una sociedad mucho más multicultural (acelerado por el envejecimiento progresivo y los flujos de inmigración extranjera), y la globalización de los mercados y los flujos internacionales.

La mayor parte de los presupuestos públicos se destinan a mantener las infraestructuras culturales de titularidad pública (televisiones, museos, teatros, auditorios, bibliotecas o casas de cultura). A pesar de que una parte de estos recursos se utilizan para contratar o adquirir obras y servicios producidos por el sector privado (series televisivas, películas, producción de exposiciones, espectáculos o libros) la parte del león se dedica a pagar salarios y mantener los equipamientos públicos (o hasta antes de la crisis, a construir y equipar nuevas infraestructuras sin una planificación racional). El resultado observando los presupuestos de muchas administraciones públicas es que quedan muy pocos recursos para promover las iniciativas independientes. Unas migajas miserables que se distribuyen con escasa priorización y eficiencia (el costo de gestión para la administración y para el donante supera en muchas ocasiones el importe de la subvención). ¿Es ésta la manera más eficiente y eficaz de alcanzar los objetivos explícitos, desgraciadamente sólo retóricos, de las políticas culturales? ¿Porque cuando comentas estos temas con colegas que han tenido cargos de responsabilidad política te confiesan que lograr modificar tan sólo un 10% de la distribución del presupuesto es ya una gran victoria? Está claro que para alcanzar impactos a largo plazo hay que dejar que las estrategias tengan suficiente continuidad. Ahora bien, ¿tanta?

La realidad latinoamericana es, dentro de su heterogeneidad, algo distinta. Los presupuestos per cápita dedicados a cultura no son solo bastante más reducidos que en España, sino que su continuidad brilla por la ausencia. Cada nuevo gobernante necesita diferenciarse de su antecesor con proyectos distintos, echando abajo la experiencia y la obra legada. En este contexto solo los equipamientos más prestigiosos (por ejemplo, los museos o teatro nacionales) o particularmente útiles para lograr fines políticos y dar de comer a la respectiva clientela partidista (los medios de comunicación públicos) consiguen mantenerse, una vez substituidos todos sus cargos de responsabilidad (y a veces hasta el último chófer) por personal fiel al nuevo gobernante.

Lejos de estos barrizales, los sociólogos norteamericanos Tepper y Frenette[3], en un texto en vías de publicación, señalan 5 grandes retos en la política cultural contemporánea: a) alentar que más ciudadanos participen de las artes y la cultura; b) asegurar que los artistas profesionales puedan desarrollar carreras sostenibles; c) afianzar la autonomía y la libertad de los artistas para expresarse y desafiar el statu quo; d) garantizar que las instituciones artísticas sean representativas de la diversidad creativa del país; y e) apoyar mercados robustos y de intercambio de innovación para que los consumidores y la ciudadanía tengan acceso a una cultura diversa e innovadora.

Si damos por buenas estas cinco prioridades genéricas (habría que añadir referencias al papel del patrimonio cultural, al contexto específico de cada ciudad o país y tener en cuenta los retos que planteo en el esquema adjunto), me pregunto si las actuales políticas culturales contemporáneas son las más adecuadas para alcanzar estos retos en una situación de cambio acelerado. En particular, cuando se dispone de unos recursos miserables que habría que administrar de forma muy cuidadosa

Después de años de observar la escasa eficiencia de la gestión pública en nuestras latitudes (debido a malos modelos de gobernanza, a procesos burocráticos garantistas y a la dificultad para incentivar adecuadamente los recursos humanos disponibles) uno se acaba decantando por dotar de muchos más recursos aquellas iniciativas gestionadas privadamente, pero con clara vocación de interés público. Esto englobaría tanto los proyectos de titularidad gubernamental administrados por terceros a través de procesos competitivos de externalización o de coproducción público-privada, como las iniciativas comunitarias, de la sociedad civil o de las empresas culturales que se presentan a subvención. La comparación entre recursos públicos destinados y resultados obtenidos entre la mayoría de teatros, festivales o museos de titularidad y gestión pública y sus equivalentes administrados privadamente es, en la mayor parte de casos, sangrando. Muy en particular cuando estas iniciativas nacen del mundo independiente, mucho más plural y creativo, expresión de la diversidad y el dinamismo social, a menudo más abiertos a cooperar de forma voluntaria y a auto-explotarse. Es evidente que no todo es positivo, pues la fragmentación tiene un coste en términos de eficiencia y de incorporación de innovación, pero la mayor diversidad de propuestas y capacidad de adaptación lo compensan.

No quisiera ser mal interpretado. No soy partidario de traspasar la dirección o los recursos públicos de cultura a manos privadas, sino de avanzar hacia un modelo de gobernanza más corresponsable, participativo y de distribución más equitativa de los presupuestos, manteniendo en muchos casos la titularidad en manos públicas. Ahora bien, la recién crisis económica y presupuestaria ha demostrado tristemente que las organizaciones culturales mejor trabadas institucionalmente, a pesar de ser a menudo menos eficientes, aguantan mejor los embates de los recortes que las iniciativas independientes, a pesar de ser muchas veces más creativas e innovadoras. La reducción a la mitad de los recursos públicos destinados a la cultura en España se ha saldado con el mantenimiento de la mayor parte de instituciones de titularidad pública (a costa de un importante recorte de su presupuesto de actividades), y con la desaparición por inanición de un gran número de iniciativas independientes o poco trabadas institucionalmente. Vista la experiencia y para evitar futuros riesgos es preferible depositar los huevos en varias cestas. Es decir, favorecer la existencia de un sistema mixto, lo más entrelazado posible, que comprometa a los diversos agentes presentes. Cuantos más actores diferentes, interdependientes entre sí, y con aspiraciones y procedentes de contextos muy variados, mucho mejor.

Por desgracia esta no es la dinámica dominante. Para evitar que la lógica político-electoral o la lógica de mercado no se lo trague todo en base a indicadores como el volumen de audiencia, el prestigio mediático o el impacto económico y social, es necesario instaurar un sistema más comprometido e interdependiente. Hay que evitar que la vida cultural se concentre sólo en los núcleos de las grandes capitales metropolitanas o se favorezca solo la programación de mayor audiencia. ¡Para llegar a este resultado no se necesitan políticas públicas!

Ahora bien, ¿necesitamos instituciones, equipamientos y proyectos ambiciosos, grandes y fuertes? La respuesta es sí, pero con contratos-programas que los obliguen a trabajar en red con los proyectos del territorio y en las iniciativas situadas en las respectivas fronteras estéticas y sociales. ¿Han de estar todos estos proyectos situados en las grandes capitales? La respuesta es no, sino que hay que continuar en todos los ámbitos posibles con la exitosa apuesta histórica para situar las grandes ferias en ciudades como Tàrrega, Olot, Vic o Manresa (y evaluar críticamente porque alguna de estos apuestas no acaba de funcionar) . Tenemos un país enormemente desequilibrado territorialmente, a lo que hay que sumar que todo el mundo la cultura tiende a concentrarse en las grandes ciudades. Sin menospreciar la suerte de contar con una capital de referencia internacional como Barcelona (imaginemos los países que no cuentan con grandes capitales de referencia internacional) y con artistas y proyectos de una enorme proyección, hay que apoderarse todo tipo de colectivos, proyectos y territorios para que asuman la innovación y la internacionalización con retos esenciales. Y hay que hacerlo reduciendo la desigualdad de acceso a la cultura y de pleno ejercicio de los derechos culturales entre grupos y colectivos sociales.[4]

El desafío es hacerlo sobre la base de presupuestos muy limitados (y con un modelo de gobernanza y administración pública enormemente ineficiente), en un momento en que la cultura no es percibida socialmente (y por los que toman las decisiones) como la columna vertebral del desarrollo. No podemos esperar grandes aumentos de los recursos públicos como antes de la crisis. En este contexto, hay que saber priorizar, impulsar cambios en los modelos institucionales (contratos-programas, modelos de gobernanza, sistemas de evaluación, etc.) y pensar estratégicamente a medio término. Por ejemplo, la Central del Circo es un espacio de titularidad municipal, con financiación pequeña pero estable por parte del gobierno de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona, gestionado autónomamente por la asociación de compañías de circo. ¡Estoy convencido de que si fuera de titularidad y gestión pública sería mucho más ineficiente!

En cuanto a las subvenciones, habría que modificar profundamente el sistema (aunque el marco homogeneizador europeo no ayuda), reduciendo las ayudas a proyectos sueltos o de convocatoria anual (sin tiempo de obtener resultados y mucho menos impacto) para potenciar las ayudas a programas (no a proyectos) por periodos plurianuales. Los portugueses tienen sistemas de asesoramiento y seguimiento en las ayudas a tres años mucho más efectivos que el modelo hispánico centrado sólo en la suspicacia y no en los resultados. Hay que encontrar mecanismos con menos costes administrativos (compartiendo o externalizando funciones o responsabilidades) o capaces de incorporar recursos complementarios (por ejemplo, vía subvenciones condicionadas a microfinanciación participativa).

Ideas y experiencias internacionales para probar e implementar hay muchas. Sólo falta valentía, y mucho diálogo con juristas e interventores poco propicios a la innovación, a fin de cambiar un modelo claramente mejorable de gestión pública de la cultura.



[1] Nota (sintética) para los colegas latinoamericanos. La cultura política y la realidad social que sustentan las políticas culturales de Cataluña y de España tienen, más allá de algunas diferencias substantivas, mucho en común. Esto facilita la lectura del diagnóstico y de sus posibles soluciones. Cataluña y España comparten un mismo marco jurídico-administrativo y ciclo histórico (dictadura, transición democrática, incorporación a la UE, crecimiento económico y crisis posterior, etc.). Pero la realidad española es muy heterogénea por razones lingüísticas, sentimientos nacionales diferenciados, disponibilidad de recursos, estructura social, flujos migratorios, dinamismo de la sociedad civil o conectividad internacional. Y en muchas de estas cuestiones, Cataluña presenta un perfil particular. Con una consciencia nacional diferenciada (que se expresa en una muy mayoritaria opinión sobre tener derecho a decidir el propio futuro como sujeto político diferenciado), su sector cultural está muy enraizado en una sociedad civil más articulada, participativa y reivindicativa que la española. Esto explica el intento (fallido) de puesta en marcha de un modelo híbrido departamento de cultura - consejo de las artes (bajo el principio arm’s length), disponer desde hace años del modelo de contratos-programas y concursos para dirigir los equipamientos públicos, sistemas de cogestión y participación ciudadana, o tener un tejido cultural muy conectado internacionalmente.
[2] ENCATC: Red europea de centros de formación en gestión cultural
[3] Tepper, S. & Frenette, A. (in press). “Cultural policy”. In Grindstaff, Hall & Lo (Eds.) Handbook of cultural sociology. New York: Routledge.
[4] Recomiendo leer Barbieri, N. (2018) Es la desigualdad, también en cultura. Cultura y Ciudadanía. Pensamiento

Presupuestos públicos de cultura en caída libre

Evolución presupuesto Adm. Central y CCAA 2007-2013 (€/hab. deflactado y % s/presupuesto total)
El gráfico es elocuente. En seis años, de 2007 a 2013, el gasto público presupuestado en cultura ha bajado no solo en valor absoluto (una vez deflactado el efecto de la inflación) sino también su proporción en los respectivos presupuestos públicos. En el año 2007, el conjunto de gobiernos autonómicos invirtieron en cultura el equivalente a 67 Euros por habitante*, mientras que en el año 2013 solo presupuestaron 32 Euros, menos de la mitad. En relación al presupuesto total de su respectiva administración, la ya muy limitada partida cultural se desplomó del 1,82% al 0,96%, y esto en un período de grandes recortes.

Por su lado, la administración central mantuvo su limitado compromiso con la cultura hasta el 2010 (alrededor de los 26 Euros anuales), pero en los tres últimos años, la aportación ha caído a 14 Euros por habitante. De manera parecida a las comunidades autónomas, el peso de la aportación a la cultura en el conjunto del gasto público ha pasado de un ya muy escaso 0,62% a un irrisorio 0,34% con el Ministro Wert.

Un análisis más pormenorizado por comunidades autónomas permite relacionar el calendario electoral, los cambios o continuidad de los partidos en el gobierno y la imposición de la disciplina presupuestaria a lo largo del periodo 2007-2013. No disponemos aun de datos liquidados de 2012 y 2013 hecho que obliga a tomar los presupuestos aprobados por los respectivos parlamentos como fuente de información estandarizada (aunque la disciplina para no superar los límites de endeudamiento se ha dado justamente durante estos dos últimos años, con lo que la distancia entre el gasto presupuestado y el valor finalmente liquidado será superior al de otros ejercicios).


Las comunidades de Madrid y Valenciana, desde hace años en manos del partido popular, vienen reduciendo desde 2007 el valor de su aportación y del peso de la cultura en su presupuesto total. El gobierno madrileño ha pasado de dedicar 54€ a 19€ por habitante en este sexenio, en un desapalancamiento ideológico riguroso y planificado. El gasto de la administración central en equipamientos y proyectos asentados en la capital, junto a un sector privado con muchos recursos, le ha permitido históricamente ser el territorio español con menor gasto cultural de sus administraciones territoriales (ayuntamientos y comunidad autónoma). En Valencia, la reducción empieza en la misma fecha pero partiendo de aportaciones mucho más altas. Y en Galicia y en Castilla-La Mancha el cambio desde un gobierno progresista al PP (respectivamente en 2009 y 2011) ha significado una reducción brutal del presupuesto destinado a cultura. En Galicia se ha pasado de 76,4€ por habitante en 2008 a los 29,8€ en 2013. En Castilla-La Mancha, de 65,3€ en 2010 a 16,8€ en solo tres años (el 0,5% del presupuesto (en una comunidad con escasas competencias extraordinarias traspasadas); la reducción más intensa y drástica de un presupuesto autonómico de la mano de la presidenta de la comunidad y secretaría general del partido popular español.


El caso andaluz, donde ha habido continuidad socialista en el gobierno, el recorte no se explica por razones ideológicas sino por intentar reducir el déficit presupuestario. Con un gasto autonómico por cápita situado de entrada en la banda baja, Andalucía recorta su aportación en cultural a partir de 2010, hasta alcanzar en 2013 la raquítica cantidad de 24,4€ por habitante (el 0,72% de su presupuesto). Más curioso es el caso extremeño, donde desde 2011 gobierna el partido popular con apoyo externo de izquierda unida. Su reducción ha sido bastante menor y su participación en el presupuesto de la comunidad se mantiene en el 1,26%.

Finalmente, el caso catalán, que con presupuesto  para 2013 prorrogado y a falta de los dados liquidados que permitirían una real evaluación de los recortes, se mantiene como la comunidad que reduce en menor proporción su presupuesto cultural, aun y el cambio de gobierno de finales de 2010. A Cataluña vamos a dedicar un próximo post específico.

En esta primera aproximación no hemos incorporado otras comunidades con continuidad del partido popular en sus gobiernos (como Castilla y León, La Rioja, Cantabria o Murcia) o con cambios recientes (Aragón) por la similitud de comportamientos con los reseñados. Tampoco se han tenido en cuenta aquellas donde los entes provinciales o insulares tienen cedido una parte importante de las competencias culturales (como el País Vasco, Baleares o Canarias), o aquellos casos políticamente complejos (Asturias) o con un concierto económico que le permite disfrutar de recursos mucho más amplios que los demás (País Vasco y Navarra).

En este sentido, el último gráfico muestra el gasto agregado liquidado por habitante del conjunto de administraciones territoriales (ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autónomos) correspondiente a los años 2010 y 2011. La mayor holgura de recursos de País Vasco y Navarra (todos quisiéramos el concierto económico!) se combina con comunidades con mayores dificultades pero con un compromiso claro de apoyo (Cataluña, Asturias, Extremadura y en aquellos años también Castilla-La Mancha). En la cola se sitúa Madrid, seguida de Andalucía, Murcia, Baleares y La Rioja.

Lluís Bonet i Tino Carreño
________________________________________
Fuente: Ministerio de Hacienda y Administraciones públicas. Elaboración propia.
*Euros constantes de 2008

Music Festivals, a Changing World. An International Comparison

We have just presented our last research on Music festivals last week, November 20-21 2013, in a very animated conference in Lille.
This joint research was coordinated by Emmanuel Négrier, Michel Guerin and myserlf (Lluís Bonet), and rely on a team of collaborators from the different participant countries: Kai Amberla (Finland), Claudine Audet (Canada), Luisella Carnelli (Italy), Tino Carreño (Spain), Luca Dal Pozzolo (Italy), Aurélien Djakouane (France), Marie Jourda (France), Christopher Maughan (United Kingdom), Isabelle Paindavoine (Belgium), Béatrice Reynaerts (Belgium), Diane Saint-Pierre (Canada), Sara Tannå (Sweden), Ulrich Suter (Switzerland), Heidi Taskinen (Finland), Jorid Vaagland (Norway), and János Zoltán Szabó (Hungary). This work is a result of a commission by many federations of festival associations coordinated by France Festivals.
The result is a book published in both English and French by Michel de Maule (Paris 2013). This work presents the first study undertaken using a single, unique method on a sample of 390 music festival (from 15 different countries). They represent a wide variety of genres, musical styles, scope and seasonal programmes. All major aspects are explored, from the purpose of the festivals to human resources and business models adopted.
The first part reviews this analytical journey through the world of festivals. The second part contains several chapters on different countries festival landscapes, enabling the impact of the cultural, economic and political setting in which these events are created and developed to be measured. Whereas artists themselves have long since gone beyond national borders, this twofold international comparison allows the differences between country-specific models to be transcended.

Table of Contents
List of participants                                             7
Aknowledgemen                                              21
Preface                                                            23
GENERAL INTRODUCTION                            27

Part 1
FESTIVALS: RESOURCES, DYNAMICS AND STRATEGIES
Introduction                                                                                          41
Chapter 1. Festivals in Seven Variables                                              47
Chapter 2. Festival Finances                                                               56
Chapter 3. Cultural Project and Artistic Programming                         72
Chapter 4. Festival Activities                                                               84
Chapter 5. Festival Audiences: Issues, Priorities and Accessibility     95
Chapter 6. Artistic Cooperation and Territorial Partnership                113
Chapter 7. Communication Strategies                                               121
Chapter 8. Human Resources and Festivals                                     134
Chapter 9. The Six Clusters of Festivals                                            146

Part 2
FESTIVALS AND TERRITORIES
Introduction                                           165
Belgium                                                 168
Spain                                                     182
Finland                                                  193
France                                                   199
Hungary                                                 211
Italy                                                        224
Norway                                                  237
Quebec                                                 251
United Kingdom                                    262
Sweden                                                 278

General Conclusion                              291
Bibliography                                         309
Appendix                                              321

See the powerpoint presentation of the research done in Lille (France) on November 20th 2013. More information about the research project in www.festudy.com, with links to some press articles.

Bibl. reference:  NÉGRIER, E.; BONET, L.; GUERIN, M. [eds.]
(2013) Music Festivals, a Changing World. An International Comparison, Paris: Michel de Maule. You can buy the book here.

Ante un cambio de época



Después de varios meses sin publicar en el blog reprendo el reto de compartir algunas reflexiones sobre dos ámbitos cruciales de mi vida profesional y ciudadana, ambas en una crisis profunda, confío que catártica, que reflejan un cambio de época y de paradigmas. Por un lado la situación del sector cultural como efecto del repliegue del estado en su desarrollo, y por otro lado, el desencaje de Cataluña en España fruto de un largo proceso de incomprensión y desencuentro.

El sector de la cultura sufre de forma muy directa los efectos de la crisis, en especial en aquellos países donde ésta se plantea de forma más cruenta y con efectos directos en los presupuestos públicos y sus prioridades. No creo que sea una situación pasajera, sino que se trata de un proceso de transformación profunda de los paradigmas que permitieron en Europa el desarrollo de unas políticas culturales como parte del modelo del estado del bienestar. Las políticas gubernamentales que alentaron la creación artística y la protección y puesta en valor del patrimonio, formaron a diversas generaciones de profesionales de la cultura y pusieron a disposición de la ciudadanía una oferta de programas y equipamientos de calidad, están en franco declive. En un par de años hemos visto cerrar todo tipo de proyectos, en especial aquellos con débiles anclajes institucionales pero con dependencia umbilical de los presupuestos públicos. Y muchas más iniciativas desaparecerán en un próximo futuro no solo por la reducción drástica de los recursos presupuestarios sino también, en el caso español, por el incremento brutal de los costes fiscales cuando el consumo cultural y el patrocinio privado estaban ya bajo mínimos. Sectores enteros de la acción cultural quedarán reducidos a la mínima expresión. El producto interno bruto cultural y su impacto en términos de empleo y de actividad caerán drásticamente. Y estrategias como por ejemplo la cooperación cultural al desarrollo prácticamente desaparecerán.

No parece que sea un proceso coyuntural sino el final de una época que obliga a replantear las estrategias y los paradigmas de intervención y financiación de la cultura para que en este tsunami no se lleve por delante el esfuerzo de diversas generaciones de activistas culturales. Evidentemente, el sector cultural debe realizar una profunda autocrítica pues no logró insuflar suficientemente la demanda y legitimar su misión y estrategias ante la sociedad y sus gobernantes. Es evidente que hemos hecho bastantes cosas mal y desaprovechamos un buen número de oportunidades. Por todo ello, intentaré en los próximos escritos repensar buena parte de los textos redactados durante los últimos años sobre política cultural y los modelos económicos y sociales de intervención cultural.

El otro gran tema al que voy a dedicar esfuerzos es en intentar explicar el desencuentro entre Cataluña y España. Hace años que hablar de mi realidad nacional con amigos no catalanes se ha convertido en un tema recurrente pero de difícil comprensión. En demasiadas ocasiones he tenido la sensación de hacerme pesado, o hasta incomodarles con unas reflexiones que no encajaban con su realidad y preocupaciones pues suficientemente complejo es lidiar con la crisis económica, la cohesión social, el desarrollo cultural o el proceso de globalización para que alguien les hable de procesos de emancipación nacional en el seno de la Europa Occidental del siglo XXI. ¿Cómo justificar un proceso de separación cuando todos estamos inmersos en interdependencias crecientes? En particular, cuando dicha pretensión se asocia a una voluntad egoísta y excluyente de unos pueblos ricos en un momento de dificultades económicas para todos. Intentaré presentar las distintas razones y puntos de vista que explican dicho desencuentro, así como las consecuencias sociales, culturales, económica y políticas de las alternativas de relación posibles en función de como se lleve el proceso político de secesión o unión. No es un reto fácil pues intentaré presentar mis observaciones y diagnóstico de la forma más objetiva y analítica posible con la pretensión que mis amigos no catalanes dispongan de una versión más para entender la situación.

Repensar la cooperación cultural europea en el mundo árabe


Múltiples razones justifican la cooperación cultural de Europa con la ribera sur del Mediterráneo y el mundo árabe en general. Desde un punto de vista estrictamente cultural podríamos citar el conocimiento y enriquecimiento cultural mutuo, la difusión y la coproducción cultural, el interés de artistas y profesionales de ambos lados para aprender y trabajar juntos, o el fomento de un desarrollo cultural mutuamente beneficioso. Pero junto a estas excelentes pretensiones, la diplomacia cultural sirve a intereses más pragmáticos e instrumentales, tanto políticos como crematísticos: asentar el prestigio de un país en una región estratégica, afianzar alianzas para todo tipo de movimientos políticos tácticos o estratégicos, ampliar o consolidar mercados, o conseguir tratos privilegiados en inversiones u otras acciones estratégicas, entre muchos otros. Este segundo tipo de razones, que a veces se mezclan con las primeras, distorsionan la praxis de muchos proyectos de cooperación cultural –en especial de aquellos diseñados o conducidos directamente por organismos gubernamentales –. Los gobiernos usan la diplomacia cultural para reducir tensiones o malentendidos, favorecer la buena vecindad y fomentar un clima de interés mutuo. Y, en el caso particular de la región que nos ocupa, con el objetivo de superar los estigmas y secuelas de la vieja relación y dominio colonial, favorecer un desarrollo que reduzca la brecha económica y social que separa ambas orillas del Mediterráneo, y conseguir un cierto antídoto contra los extremismos ideológicos, religiosos o xenófobos.

Los proyectos de cooperación cultural suelen ser un buen remedio para avanzar en dicha dirección en la medida que permiten reconocerse a partir de pactar metas y desarrollar programas conjuntos, favorecen el aprender a trabajar juntos, crean valores simbólicos comunes, comparten emociones o generan dinámicas de desarrollo cultural y de intercambio de flujos de bienes y servicios culturales.  Sin embargo, es importante distinguir entre los verdaderos proyectos de cooperación, de la simple difusión cultural. Cuando la segunda impera (cosa muy habitual) los países más poderosos organizan con el beneplácitos de los gobiernos receptores exposiciones, conciertos, jornadas u otro tipo de actividades culturales con el objetivo de fortalecer la imagen del país, y como beneficio colateral ampliar la oferta cultural al alcance de una minorías selectas del país destinatario. La relación en sentido opuesto es prácticamente inexistente.  La verdadera cooperación implica un trabajo en común desde el momento de la concepción a la materialización del proyecto y al diseño de su comunicación pública.  Los países europeos acostumbran a observar y a escuchar poco, para terminar imponiendo su concepción de la idea y sus profesionales por encima de las necesidades y capacidades reales de la comunidad para la cual se ha diseñado el proyecto.

El gran reto consiste en superar la asimetría de recursos (institucionales, económicos y simbólicos) entre el norte y el sur para asentar los proyectos de cooperación en aquello que nos iguala: el patrimonio, la creatividad y la capacidad para compartir emoción. Esto es algo más fácil cuando las organizaciones que cooperan no son gubernamentales (asociaciones, fundaciones, universidades, instituciones culturales de base, o una mezcla de todo esto) formadas por profesionales y voluntarios que con el tiempo han tejido una red de amistad y comprensión mutua. Cuando los organismos son públicos, la propia lógica gubernamental  no facilita la flexibilidad necesaria para escuchar la necesidad de la contraparte, y se impone la lógica de la difusión sobre la de una verdadera cooperación. La cooperación cultural debe tener por meta el desarrollo cultural, y ello implica superar las relaciones de dependencia o sumisión neocolonial. Por desgracia los europeos lo hacemos bastante mal, y mucha de las nuestras contrapartes también pues nos ven únicamente como billetes de Euro con patas, y para garantizarse una posición de monopolio no cuestionan la eficacia de los proyectos que les proponemos.  En los países árabes hay profesionales muy bien formados, con enorme ilusión y capacidad para conceptualizar y poner en marcha proyectos, pero cuando los europeos organizamos seminarios somos prácticamente los únicos que sentamos cátedra, la mayoría de las veces sin tener en cuenta la aplicabilidad de nuestras experiencias o propuestas en la realidad cuotidiana de la contraparte. Y cuando los convidamos a nuestros lares raramente tenemos en cuenta el potencial de su mirada externa para ayudar a transformar nuestras inercias e ineficiencias.

Ahora bien, no todas las iniciativas de cooperación cultural europeas son neocoloniales. Una buena práctica de cooperación cultural Euro-árabe ha sido el proyecto de  Culture Resource - Al Mawred Al Thaqafy del Cairo junto a la Fundación Europea de la Cultura y la BoekmanStichting de Amsterdam que ha dado como resultado unos seminarios y un libro titulado “Cultural Policies in Algeria, Egypt, Jordan, Lebanon, Morocco, Palestine, Syria and Tunisia. An Introduction”. Una iniciativa que precede y prepara la primavera árabe. Relata críticamente la realidad de las políticas culturales de los ocho países estudiados por parte de investigadores independientes de cada país, con un gran artículo de síntesis de Milena Dragićević Šešić. 

Si los recursos disponibles de la cooperación europea en el mundo árabe se gastarán menos en exposiciones, conciertos, enseñanza de los diversos idiomas europeos o en coloquios carísimos y en cambio sirvieran para propiciar proyectos independientes de cooperación centrados en necesidades objetivas de desarrollo cultural, los verdaderos objetivos de la cooperación cultural internacional se cumplirían de forma mucho más eficiente y eficaz. No se trata de dejar de realizar exposiciones, conciertos o coloquios, sino de hacerlo de una forma distinta: observar y escuchar más, hablar e imponer menos, incorporar miradas transversales, interclasistas, imaginativas y sin prejuicios eurocéntricos, y siendo conscientes que el coste de oportunidad de cada Euro invertido debe proyectarse en un futuro compartido, creativo, sin imposiciones y en paz.

Política, gestión y derechos de autor

Muchos gestores culturales tienen una ambigua relación con el mundo de las sociedades de gestión colectiva y las formas de remuneración de los derechos de autor. Por un lado, comparten la idea de que es justo retribuir dignamente a los creadores, autores e intérpretes. Por otro lado, la relación con los entes de gestión, y muy en particular con la SGAE, se ha vivido tradicionalmente de forma negativa, con frases como: ya llega el recaudador a llevarse el 10% con lo mucho que nos cuesta hacer viable el proyecto y poder dar a conocer una obra ante la ciudadanía. 

La situación de crisis que vive la SGAE exige una reflexión crítica y ponderada sobre el modelo de gestión colectiva y de remuneración de autores y editores, así como sobre la actuación del gobierno durante estos últimos años. En todo proceso judicial hay que dejar trabajar a la investigación y mantener la presunción de inocencia de los encausados. Pero, ¿Estamos sólo ante un presunto desvío de fondos realizados por ciertos dirigentes de la SGAE, lo que afecta en particular al patrimonio de los socios y a la imagen de la entidad? ¿O el hecho de que la actuación ordenada por la Audiencia Nacional sea fruto de las denuncias interpuestas inicialmente por diversas asociaciones de internautas invierte la relación de fuerzas entre defensores y contrarios del modelo de remuneración propuesto por el gobierno y la industria cultural?

El gobierno, más allá de las lamentables excusas esgrimidas por la ministra de cultura en el Congreso el pasado día 13 de julio, tiene una alta responsabilidad en todo este asunto. En particular dado el compromiso firme de apoyo a las estrategias de las entidades de gestión de defensa y ampliación de los supuestos de recaudación, con casos tan flagrantes como el canon digital, tasa sentenciada recientemente como contraria al derecho comunitario.

El hecho de que la denuncia a los directivos de la SGAE no provenga de los entes públicos encargados de la tutela sino de entidades externas pone en evidencia las deficiencias del actual modelo administrativo español.  Éste ha demostrado reiteradamente su incapacidad para controlar los despilfarros (recuérdese el caso Millet) pagando justos por pecadores con una burocracia creciente que conlleva un gran diferencial de ineficiencia respecto a otros países desarrollados. Si a este hecho se le suma la total coincidencia de discurso entre el Ministerio y las entidades de gestión es lógico que la opinión pública tenga la sensación de connivencia institucional. El actual gobierno ha apostado claramente por la tesis defendidas por buena parte de la industria y las sociedades de gestión y en contra de los internautas y la opinión pública mayoritaria. Cabe decir que éste es el camino seguido por casi todos los gobiernos de los países desarrollados, encabezados por Estados Unidos y Francia, dado el papel clave de la propiedad intelectual en el actual modelo económico post industrial y la enorme capacidad de persuasión del lobby de la industria cultural convencional.

Nadie con dos dedos de cordura debería cuestionar la necesidad de encontrar modelos de negocio y de remuneración más justos para los creadores y para las empresas culturales que arriesgan con ellos, pues el viejo modelo ha quedado totalmente desfasado con la revolución digital. Hay que tener en cuenta que la mayoría de creadores no pueden vivir de su obra ya que sus libros, discos, producciones escénicas o películas no logran ser rentables. Este es un sector con un elevadísimo riesgo profesional y empresarial para artistas y emprendedores. No es justo que cuando ocasionalmente se alcanza el éxito, sus autores y editores no reciban una compensación económica equitativa al valor económico generado. En especial cuando otros se benefician de forma directa o indirecta del mismo. ¿Cómo se financian las webs de descarga de series, películas y música sino a través de la publicidad asociada a los grandes éxitos? ¿Porqué las telefónicas han desarrollado y facturan enormes cantidades con la banda ancha? ¿Porque la gente compra en el top manta sin pensar en la doble explotación a creadores y a inmigrantes irregulares generada por la piratería?

Ningún país ha conseguido encontrar de momento un modelo legislativo adecuado al reto de una remuneración justa, que garantice el máximo acceso de la población a la cultura, y que al mismo tiempo sea fácil de implementar. La eclosión de algunos modelos de negocio adaptados a la realidad digital y al comportamiento social de las nuevas generaciones (como por ejemplo la combinación de free con premium) permite entrever alguna salida. De todas formas existe un gran conflicto de intereses entre los distintos agentes involucrados en la cuestión. El legislador debe encontrar un compromiso entre ellos y colectivamente debemos exigir transparencia y acabar con la hipocresía de aquellos agentes beneficiados por un modelo perverso. Por un lado la SGAE ha actuado de forma prepotente y poco transparente, lo que le ha llevado (más allá de la actual causa judicial) a ser la entidad más impopular del país. Su voracidad consiguiendo cambios legislativos draconianos, así como el modelo interno de gestión y la remuneración de sus ejecutivos han indignado aun más a la opinión pública. Pero tampoco los beneficiarios del proceso de digitalización de contenidos (operadores de telefonía o internet, internautas y compradores del top manta) hacen el mínimo esfuerzo para acordar un sistema justo de remuneración a la creación y a la producción cultural.

La responsabilidad principal recae en el gobierno y en el parlamento, pero toda la sociedad es corresponsable de un estado de cosas que debilita nuestra industria cultural y su competitividad interna y externa. Hay que buscar un modelo más eficiente que permita a sus protagonistas y al conjunto de la sociedad beneficiarse de unas tecnologías digitales responsables del fantástico proceso de democratización del acceso a la cultura. Es importante avanzar hacia un modelo justo y más transparente de remuneración de los autores y de salvaguardia de los derechos morales parejos, compatible con un acceso lo más económico y universal posible de todos a las obras de la creatividad humana.

La hora de la verdad de la cultura en las administraciones territoriales: la situación de los ayuntamientos



Con la constitución de los nuevos consistorios, muchos ayuntamientos españoles se enfrentan a un panorama financiero dramático, con muy escasos recursos para hacer frente a sus obligaciones y gastos ordinarios. Esto es así por el crecimiento paulatino de las funciones de las administraciones locales al querer dar respuesta a nuevas necesidades, entre ellas las culturales, mucho más allá de lo que la ley les dictaba. El problema, con independencia de lo substancial o no de los servicios incorporados, es haber asumido responsabilidades sin competencias definidas legislativamente, y lo que es peor, sin contar con recursos financieros ordinarios específicos para ello.  La realidad es que llevamos treinta años de crecimiento ininterrumpido de los servicios municipales, acelerado en los municipios con mayor boom inmobiliario, hecho que ha engordado una maquinaria hasta límites insoportable para las hoy maltrechas finanzas comunales.

La mayoría de ayuntamientos hace meses que tratan de recortar, pero la proximidad de la cita electoral ha pospuesto las decisiones más incómodas o, simplemente, se han gastado los últimos cartuchos en pirotecnia de escaso voltaje. El déficit presupuestario del conjunto de ayuntamientos españoles ascendía a finales de 2010 a 6.844 millones de Euros y la deuda acumulada era de 28.769 millones. Estas cifras son insostenibles: los bancos no dan más créditos, las autoridades financieras exigen la reducción del déficit para no caer en las manos de los especuladores y no es posible continuar ahogando los proveedores con demoras de más de 150 días de media (las corporaciones municipales incumplen con creces la Ley de Morosidad aprobada en junio pasado por las Cortes). Ha llegado, finalmente, la hora de la verdad, el momento de diseñar estrategias valientes que superen los recortes lineales sin criterios ni un plan de futuro.

Pero antes de plantear alternativas es importante conocer cómo se ha llegado a esta situación y preguntarse por qué las administraciones territoriales sufren más que la administración central la crisis financiera actual. En mi opinión, la clave de la cuestión está en el desajuste entre un modelo de amplia autonomía política y el centralismo, escasa corresponsabilidad fiscal y excesiva homogeneización del sistema tributario español (con la excepción autonómica en el caso vasco, navarro y en menor medida canario). La España de las autonomías es para algunas cosas un modelo casi federal pero para otras tan fundamentales como es la fiscalidad continúa siendo un estado unitario. Consensuar un sistema eficiente, respetuoso con la autonomía política, corresponsable y solidario, con la losa de una Constitución casi irreformable, no es nada fácil.

En aquello que incumbe a las corporaciones municipales cabe tener en cuenta la escasa evolución del propio modelo. Cuando en España se pone en marcha el sistema autonómico no se replantea el papel ni el funcionamiento de las administraciones locales. Continuamos teniendo un número elevadísimo de municipios y unas corporaciones supralocales escasamente eficientes; puestos a disponer de un modelo asimétrico (diputaciones de régimen común, diputaciones forales, consejos o cabildos insulares y comunidades uniprovinciales sin diputación) se hubiera podido ir mucho más lejos. En muchos lugares las diputaciones –diseñadas en 1833– no responden a la realidad contemporánea pero cambiar su número, límites, funciones, modelo de gobernanza y mejorar su legitimidad democrática implica poner el cascabel a un gato con demasiados intereses creados.

Por lo que atañe a los municipios, tampoco se ha planteado una reforma en profundidad. En España hay 8.116 municipios, el 60% de los mismos con menos de 1.000 habitantes. A excepción de Francia (con más municipios pero con un sistema de comunidades urbanas con capacidad fiscal propia), en el resto de Europa no solo hay muchos menos municipios por habitante sino que su número tiende a reducirse: en Dinamarca en el año 2007 se pasó de 271 a 98; en Suecia, entre 1950 y 1974 de 2.281 a 278; en Grecia el año pasado de 1.034 a 355; y en Alemania, un país federal donde cada land decide su sistema municipal, se están dando tanto reducciones (Sajonia-Anhalt ha pasado de 1.000 a 219 municipios) como agrupaciones en unidades mayores sin la desaparición formal de los municipios.  De todas formas, más allá de la inaplazable cuestión del número de entes y de su eficiencia, en España se da un desajuste entre unas responsabilidades anticuadas, una estructura de ingresos excesivamente dependiente del dinamismo inmobiliario y unos servicios creados durante treinta años de crecimiento económico ininterrumpido. Es decir, los ayuntamientos están dotados de unos servicios que se financian con unos recursos que por naturaleza son coyunturales. El problema es que cuando hubiera sido fácil modificar la estructura de ingresos y de competencias municipales ninguno de los grandes partidos quiso encarar la cuestión, ni tampoco atajar las tentaciones de corrupción o de financiación irregular de los partidos que este sistema propicia. Mientras que el modelo de financiación autonómica se ha modificado varias veces en los últimos años, el municipal se ha fosilizado. No se han tomado medidas firmes para racionalizar la gestión de los servicios locales, ni la reducción del número de municipios o la mancomunidad forzada de servicios. En cuestiones de organización territorial o, lo que es casi lo mismo, de distribución del poder político-electoral, estamos igual o peor que hace tres décadas.

Desde la transición democrática los ayuntamientos han asumido responsabilidades crecientes no incluidas en sus funciones obligatorias como respuesta a demandas de la población, cesión de funciones de la administración central o autonómica, o fruto de la megalomanía de algún alcalde. Globalmente, los servicios no obligatorios representan el 26% de los gastos municipales totales, de los que un 11% sirven para cubrir servicios desatendidos de la administración central o autonómica.* Como se ha comentado, esto ha sido posible gracias a un sistema inapropiado: disponer de las competencias urbanísticas que fomentan la recaudación. La financiación municipal se basa en unas débiles tasas por servicios, las transferencias del Estado o la participación en impuestos generales y, sobre todo, en la recaudación de unos impuestos ligados a la propiedad inmobiliaria, la construcción y la plusvalía de los terrenos. Un modelo favorecedor de la especulación urbanística (no sólo la banca es responsable de la burbuja inmobiliaria) que ha permitido sin embargo un gran incremento de los servicios municipales, entre ellos los culturales. Servicios que han acogido o impulsado iniciativas locales importantes, descentralizado la oferta cultural y propiciado un mercado artístico y patrimonial generador de muchas iniciativas profesionales; en definitiva, servicios que han propulsado una vida cultural más rica y descentralizada. Sin embargo, no todo se ha hecho bien, ya que a menudo se han ahogado iniciativas ciudadanas o sobredimensionado la oferta sin pensar en su sostenibilidad ni en modelos de gestión eficientes.

El ahogo presupuestario de los ayuntamientos puede llevarse una parte notable de lo conseguido. Los ayuntamientos aportan el 50,2% del gasto público total en cultura. Una reducción drástica de dichos recursos tendrá consecuencias gravísimas para el sistema cultural español. Muchos servicios y equipamientos quedarán subutilizados y buena parte de las iniciativas subvencionadas no sobrevivirán. Hay que tener en cuenta que la mayoría de la acción cultural municipal no forma parte de los servicios que de forma obligatoria deben prestar los consistorios. La función cultura, que incluye también deportes, representa una cuarta parte del total del gasto no obligatorio de los ayuntamientos. Es decir, por ley los ayuntamientos no están obligados a financiar museos, teatros, auditorios, fiestas mayores, asociaciones culturales, escuelas de música o festivales, y en el caso de los de menos de 5.000 habitantes, ni las bibliotecas. Ante la necesidad de reducir drásticamente los gastos, las competencias no obligatorias serán preferentes.

A falta de un improbable cambio del modelo de financiación municipal o de una actualización relevante del tipo impositivo o del valor catastral de las propiedades inmobiliarias (ninguna administración quiere asumir el sambenito de subir los impuestos), ¿Cómo salvar lo fundamental? ¿Cómo mantener vivos unos equipamientos que ha costado mucho poner en pie? ¿Cómo evitar que la actividad cultural profesional se recentralice en las grandes ciudades? Hay que escoger entre lo esencial y el lastre que se puede abandonar, buscar alternativas de gestión más eficientes, abrir las puertas de los equipamientos a las iniciativas ciudadanas, generar nuevas alianzas y defender a muerte el papel de la cultura en la vida local.

Esta es la tarea de los nuevos concejales de cultura y de sus equipos técnicos.

*Datos procedentes del Informe sobre el gasto no obligatorio de los municipios españoles 2004-2007 dirigido por la profesora Maite Vilalta.