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El tatuaje y la investigación en estrategias de intervención cultural

http://milanotattooconvention.it/artisti
 ¡Fuera prejuicios! El tatuaje es la expresión artística dominante de las clases populares. ¿Por qué es casi invisible en el debate académico actual de análisis social o artístico, y especialmente en el campo de las estrategias de intervención cultural? Probablemente por la carga negativa que todavía comporta en nuestras sociedades occidentales. Durante siglos ha sido una expresión asimilada a presidiarios, soldados y marineros, gente de entornos cerrados, con poco futuro y escasas perspectivas de ascensión social. Fijar esperanzas o convicciones en la propia piel, sin posibilidad de desprendernos, implicaba un riesgo que sólo aquellos que no tenían nada que ganar se podían permitir. Esta situación ha cambiado radicalmente en los últimos años. Hoy, el tatuaje es la muestra más masiva de expresión de la identidad y los gustos de las clases populares. Recomiendo una visita de observación este verano en las playas mediterráneas. Cuanto más popular más numerosa será la presencia de esta imaginería en la piel de hombres y mujeres (¡y no sólo en los más jóvenes!).

En pocos años hemos pasado de una simbología formada mayoritariamente por corazones, anclas, imaginería religiosa o frases de amor y fidelidad extrema, todas ellas en ese característico color azul venoso, a una paleta de temas, colores y referentes enormemente amplia. El mimetismo propio del comportamiento humano ha propiciado la expansión por modas de referentes sucesivos, desde los signos del alfabeto chino a todo tipo de iconografías populares, en general con una cierta carga contracultural. Hoy, los escaparates de muchos establecimientos especializados exhiben exposiciones de fotografía, como glamourosas galerías de arte, algunas de ellas de gran interés no sólo sociológico sino también artístico. Como cualquier otra manifestación humana, estas imágenes son la expresión identitaria, estética, sentimental o soñada de individuos y grupos sociales.

Sin embargo, ¿por qué a diferencia de otras expresiones de la cultura urbana contemporánea, como puedan ser los grafitti, existe resistencia por parte del establishment académico a ser considerada una manifestación artística genuina, digna de consideración y estudio? Más allá de algunos sociólogos, antropólogos o críticos de arte precursores, nos cuesta aceptarlo (yo incluido por el mismo prejuicio que los jóvenes adultos de clase media-alta suelen esconder ciertos deslices juveniles).

La razón por la que abundan menos en las playas de las élites, ocupan menos espacio o se localizan en partes menos visibles del cuerpo está en la percepción de su potencial impacto negativo para la progresión social o profesional, fruto del fuerte prejuicio social que el tatuaje todavía conlleva (en particular entre los sectores económicos y sociales más convencionales). La de momento dolorosa, costosa y no perfecta reversibilidad retrae a la mayor parte de los hijos de la burguesía a tatuarse de forma visible, a pesar de que otros modelos de éxito social, encabezados por futbolistas o cantantes de rock, muestran sin pudor sus valores, gustos e identidades a través del tatuaje. Las clases popular, menos permeables al convencionalismo o con escasas posibilidades de ascenso social en unas sociedades cada vez más dualizadas, se ha lanzado a decorar su cuerpo con todo tipo de imágenes y símbolos. También entre la comunidad artística más joven se da un uso creciente de este formato de expresión visual, con propuestas especialmente interesantes.

¿Hasta qué punto la experimentación estética de vanguardia se infiltra por esta vía en los gustos y referentes de las clases populares? ¿Qué papel juega el tatuaje en la construcción de la identidad individual o grupal? ¿Cuáles son los temas preferidos y cómo evolucionan en las diversas sociedades occidentales? ¿Cómo cambian los formatos y referentes estéticos en función del género, edad, capital cultural o ámbito social de los individuos y colectivos? Donde se inspiran y porque eligen determinadas imágenes o conceptos del recetario que admiran de sus ídolos deportivos o musicales, colegas y amigos, o en los muestrarios de los establecimientos especializados? ¿Qué volumen de negocio mueve esta industria cultural? ¿Qué estrategias de marketing sigue? Cómo se estructura la competencia y se establece la política de precios? ¿Qué consecuencias jurídicas pueden tener los derechos de imagen o los conflictos de intereses en los negocios mercantiles asociados?

¡Bienvenidos, pues, a un campo interdisciplinario emergente de investigación cultural!


Nota: Post fruto de una interesante charla con Annalisa Cicerchia (ISTAT y Universidad de Roma Tor Vergata).

Patrimonio nacional - patrimonio universal: la instrumentalización de la construcción simbólica*


¿Qué tipo de patrimonio conservan y ponen en valor los museos nacionales? Buena parte de los documentos, artefactos y obras de arte depositados en ellos responden al proceso histórico que acompaña la construcción de la identidad nacional.  Este proceso, no lineal ni necesariamente coherente, es el resultado de decisiones tomadas por sus responsables a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando la mayoría de estos museos emergen y se consolidan.  Sus colecciones describen los gustos e intereses –es decir, la ideología– de las clases dominantes de diversos periodos históricos, siendo el reflejo de la voluntad coleccionista y de pervivencia de colectivos influyentes: monarcas, militares, eclesiásticos, científicos, filántropos, viajeros o académicos. El legado resultante no es casual, pues la modestia o superabundancia de obras de determinados estilos o épocas no solo explica los gustos, escala de valores, riqueza e intereses simbólicos de cada generación o grupo social, sino también las relaciones políticas, artísticas y comerciales de cada país con el exterior.

Los grandes museos nacionales, así como muchos otros a escala urbana o regional, son los depositarios naturales de la construcción ideológica del patrimonio nacional, en diálogo más o menos autónomo o subalterno con los grandes centros museográficos occidentales. Sus diversos responsables, políticos y técnicos, establecieron los criterios que a lo largo del tiempo han diferenciado los elementos de prestigioso –aquellos que merecían ser estudiados, preservados y puestos en valor–, de aquellas otras expresiones subalternas o marginales que no merecían ser incluidas como parte del patrimonio nacional reputado. Asimismo, reseñaron los límites entre este patrimonio y el del resto del mundo de referencia, así como las influencias y pertenencias mutuas. Las tradiciones historiográficas o museísticas nacionales, que tal como se ha indicado responden a los valores culturales e ideológicos dominantes en cada sociedad, son un subsistema de las referencias y criterios de la comunidad científica internacional.  En particular, de la de aquellos países de referencia por su prestigio político y cultural (Francia, Reino Unido, Alemania o Estados Unidos). En el mundo occidental, la concepción dominante del patrimonio nacional, así como de aquella parte del patrimonio universal preservado en los respectivos museos, se ha construido sobre la base del diálogo entre las propias tradiciones (en particular los mitos autóctonos -indígenas o criollos en el caso latinoamericano- fundacionales de la identidad nacional) y la cultura clásica (aquella que la escuela establecía que nacía en Sumer, pasaba por Egipto, Tierra Santa, Grecia y Roma, y concluía en la civilización moderna y contemporánea de Europa y América). Paradigma que se completa con algunas muestras del patrimonio de los países con algún tipo de relación geográfica o histórica (vecindad, colonial, comercial o migratoria).

Por su lado y en contraste con los museos nacionales de arte o historia convencionales, los museos etnológicos son mucho más recientes. En ellos se recogen fundamentalmente las tradiciones pre-modernas, propias y ajenas, que no constituyeron históricamente el bagaje que merecía ser conservado y puesto en valor. Evidentemente, existen excepciones notables fruto de la abnegación de personalidades extraordinarias, pero por regla general ha sido necesario superar la concepción que reducía el patrimonio a las manifestaciones de la alta cultura para que las expresiones de la cultura popular traspasaran el umbral sagrado del museo. Solo en aquellos países donde dicha tradición constituía la base sobre la que construir una identidad nacional, en especial cuando ésta se sentía amenazada, una determinada expresión de la misma –aquella que coincidía con la ideología nacionalista en particular– formó parte de las colecciones a preservar.

Las sociedad humanas son por definición culturalmente diversas, pero la estrategia de dominio de unos grupos sociales sobre otros ha propiciado bien procesos de aniquilación o homogeneización forzosa, bien de diferenciación por estratos. Las sociedades democráticas modernas, en particular aquellas con una mayor diversidad cultural (territorial o étnica), optaron después de siglos de exterminio, por la integración impuesta más o menos sutilmente.  La escuela, los medios de comunicación y los museos han formado parte de dicha estrategia siendo tradicionalmente los encargados de explicar aquella interpretación de la historia –y de las obras de arte resultantes– que conviene a los grupos dominantes de la sociedad. El patrimonio –los procesos de apropiación, sus límites y concepción, las estrategias de puesta en valor y la propia museología– ha sido instrumentalizado (y en muchos casos continua haciéndose) en función de intereses de tipo ideológico, económico, cultural o social.

Aun hoy, nuestra propia formación como profesionales, aquellos valores de los que nos sentimos partícipes y que reproducimos en las propuestas museológicas y museográficas, no pueden escapar de una determinada visión y vivencia cultural. Es difícil despojarse de la subjetividad ideológica y de las tradiciones historiográficas y museológicas de las que procedemos, por más que intentemos desprendernos de ellas. En este sentido, merece la pena analizar críticamente el origen de las colecciones, los temas elegidos y los profesionales invitados en las exposiciones temporales, la política actual de adquisición de obras, o el contenido de los textos de difusión y del material que acompaña la labor educativa. O si más no, preguntarse sobre las formas de reaccionar frente a la creciente conciencia de diversidad cultural de nuestra sociedad, o ante el reto de la globalización económica y la homogeneización cultural.

Así pues, más allá del legado histórico acumulado en nuestras colecciones, es importante reflexionar sobre el papel de los museos en la reescritura del concepto de patrimonio nacional y su interacción con una visión más amplia del patrimonio universal que incorpore la diversidad cultural propia y ajena, así como los múltiples procesos de hibridación. Esto implica proteger y poner en valor aquellas expresiones tradicionalmente marginadas, explicar su relación con el patrimonio dominante, y dialogar con las culturas del resto del mundo (y no solo con la de los países más poderosos que acaparan, aun hoy, buena parte de nuestras referencias y espejos conceptuales). Evidentemente es más fácil incorporar hoy el legado de los grandes países emergentes (China, India o Japón) que la de territorios marginales o sin vínculos históricos, pero cualquier excusa debería ser buena para intentar ir más allá en el contraste entre los legados propios y ajenos, en especial en un mundo cada vez más globalizado.

Este lento proceso de apertura no puede realizarse, sin embargo, de espaldas a las demandas y necesidades de los diversos colectivos a los que un museo se debe (población autóctona, inmigrados o públicos turísticos). En la mayoría de casos, será necesario acompañarles en este proceso de apertura pues ellos también vienen condicionados por una escala de valores determinada (aquella que una escuela llena de prejuicios aun enseña). La mayoría de los iconos que los atraen a los museos corresponden a las influencias recibidas desde la infancia o inducidas por los medios de comunicación y las guías turísticas. Nuestra obligación debería consistir en crear las pasarelas para que, lentamente, el conjunto de la sociedad tomara consciencia de la riqueza cultural del mundo más allá de dichos iconos o de una determinada (e histórica) construcción artificiosa del patrimonio, tanto del aquel que convencionalmente apodamos nacional como del amplio patrimonio universal.
*Agradezco a Eduardo Nivón la sugerencia del título y los comentarios al texto.

Por un espacio cultural iberoamericano respetuoso con la diversidad lingüística y cultural

CESC (1985) No es broma. Barcelona: Planeta
Soy un claro defensor del espacio cultural iberoamericano por su gran riqueza y potencial de intercambio. Para algunos representa una forma de defenderse del dominio cultural anglo-sajón o de fortalecer los intereses de la industria de la cultura y la comunicación regional.  Para mi representa bastante más en lo personal y en lo profesional. Hace años, cuando era aun un joven investigador social formado en el uniforme mundo académico europeo y norteamericano, la lectura de la introducción del libro de Pierre Bourdieu, La Distinción, escrita por Néstor García Canclini, me ayudó a romper con mi mirada eurocéntrica.  Los múltiples viajes posteriores a América Latina, y el debate allí y aquí con maestros, alumnos y amigos de ambas orillas han moldeado mi pensamiento haciéndolo más sutil, profundo y abierto.

Iberoamérica es un espacio que reúne a millones de ciudadanos capaces de expresarse y comunicarse entre sí (como primera o segunda lengua) a través de unos idiomas derivados hace unos mil años del latín.  Pero para que sea un verdadero espacio de igualdad, en un mundo tan desigual social y económicamente, las expresiones culturales deben fluir libremente sin predominios de unos territorios o grupos sociales sobre otros.  Este no es un mundo homogéneo, como algunos (los que dominan) quieren hacernos creer, sino lleno de mestizajes y matices. Gracias a la hibridación de raíces africanas (resultado de la esclavitud), indígenas (precolombinas o ibéricas), o de inmigraciones económicas o políticas (del resto de continentes, pero fundamentalmente europeas), las expresiones y vivencias resultantes son de una gran riqueza y diversidad. 

Más allá de sus increibles maravillas, Iberoamérica no se caracteriza precisamente por ser un paraiso de la igualdad, pues en ella perviven la discriminación racial, de clase o lingüístico-cultural.  Voy a referirme a esta última. Las personas que proceden de mundos monolingües tienen grandes dificultades para entender la riqueza cultural asociada a la diversidad lingüística. ¿Cuantos hispano-hablantes hacen el esfuerzo de hablar más lento o de expresarse en portuñol para interactuar mejor con los luso-hablantes?¿Y viceversa? Aun es peor la relación con los idiomas precolombinos marginados históricamente. Esta es una mala herencia de los viejos imperios que crearon la región, pues utilizaron el idioma para dominar al mismo tiempo que destruían y despreciaban las vivencias y el patrimonio cultural colonizado. Tenemos hoy la oportunidad de construir puentes donde antiguamente se cortaban cabezas, con la ventaja de combinar pasión con sensatez, y con el enorme potencial de las tecnologías de la información y la comunicación.

Un buen ejemplo de ello son la nueva gramática y el diccionario esencial de la lengua española aprobados recientemente. En los mismos han trabajo académicos de todos los países con un gran esfuerzo de acercamiento y síntesis.  Como comentaba el director de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo Matus, la nueva Ortografía es una obra moderna, muy didáctica y panhispánica, que quiere responder a la mayor cantidad de dudas de los usuarios de hoy y tener muy en cuenta el uso dominante de la tecnología para la creación de textos.  Seguro que a muchos no nos gustan pequeños detalles de la misma, pues estábamos acostumbrados a nuestras fórmulas tradicionales, pero el empeño es magnífico. En él ha jugado un importante rol el apoyo económico del gobierno español.

Por desgracia, no siempre esfuerzos parecidos o en el mismo sentido se dan en nuestra vieja e históricamente ensangrentada piel de toro.*  El mismo estado que trabaja por la unidad del español en el mundo propicia la división del catalán, más allá de las denominaciones tradicionales en cada territorio. Es como si por el hecho de que unos lo llamen español y otros castellano, el idioma hablado en Castilla fuera distinto del hablado en Andalucía, México, Colombia o Chile.  En contra de la atinada opinión de la Real Academia y de la universidad, una parte de la administración española (con su lamentable traslación a escala de la Unión Europea) mantiene la ficción de que el catalán y el valenciano son idiomas distintos. Sus consecuencias en términos de mercado para los creadores y como espacio de intercambio y enriquecimiento mutuo son terribles.  Imaginémonos lo que supondría para Iberoamérica que una gran potencia (en su momento los ingleses o más adelante los gringos) hubiera convencido a administraciones y grandes empresas que utilizábamos lenguas distintas y no podíamos comunicarnos ni compartir nuestra literatura, filmografía o música. ¿Qué quedaría hoy de la comunidad cultural Iberoaméricana? La percepción que tenemos buena parte de los valencianos, baleáricos y catalanes es que hay una doble barra de medir. España une para dominar, divide para debilitar, utilizando como antaño a la cultura como herramienta que penetra pero aparentemente no duele.

A mayor diversidad de acentos en nuestros parlamentos, radios y televisiones, mejor aceptación del otro y mayor posibilidad de construir espacios culturales compartidos.  Por ello, al mismo tiempo que promuevo el espacio cultural iberoamericano, defiendo la necesidad de preservar sus múltiples variedades y acentos (no solo lingüísticos). Cantinflas o Almodóvar no necesitan ser descafeinados con un español estándar para traspasar fronteras. Los acentos pueden ser una barrera cuando hablan de mundos distintos, no cuando nos muestran las verdaderas emociones humanas con todos sus matices locales. De igual forma con las lenguas: defender a unas no de debería debilitar a las demás, sino que todas ganan. Si no vigilamos entre todos preservando lo que nos distingue y apostando por lo que nos une (que es la capacidad de interactuar y emocionarnos mutuamente), podría ser que el proyecto de la comunidad iberoamericana de naciones fuera una formalidad más, o lo que es peor, una forma sutil de manipular a unos (los débiles) en beneficio de otros (los poderosos).
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*Metáfora utilizada, entre otros,  por el poeta Salvador Espriu para referirse a España.
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