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Producción de espectáculos y gestión de festivales



El próximo curso 2013-14 ponemos en marcha la versión en inglés del Diploma de postgrado en producción y gestión de espectáculos y eventos culturales en versión semipresencial. Este curso será paralelo al programa que desde el año 2002 venimos ofreciendo todos los lunes y miércoles por la tarde en las instalaciones de IL3 de la Universidad de Barcelona. La ventaja de la nueva oferta es tanto su carácter semipresencial como su flexibilidad idiomática. Por un lado, los profesionales en activo que no pueden desplazarse a Barcelona más allá de para un breve periodo, pueden realizar el curso compartiendo las ventajas de la formación a distancia con la proximidad y empatía generada durante las 3 semanas intensivas en la ciudad (del 18 de noviembre al 5 de diciembre de 2013). Por otro lado, aunque el curso se ofrece en inglés, con lo que se asegura un interesante grupo internacional, los estudiantes podrán presentar sus trabajos e interactuar con su tutor en cualquiera de los siguientes idiomas: castellano, catalán, inglés, francés, italiano o portugués.

El curso se estructura en 3 fases: una primera a distancia, con lecturas, ejercicios y debates on-line. La segunda intensiva, presencial que incluye participar en un coloquio europeo titulado “How to sustain the cultural dimension of performing arts projects? New models of financing and resource sharing”. Finalmente, la tercera fase está centrada en el diseño y elaboración de un proyecto de producción integral.  

Programa de la fase prencial en Barcelona (18 Noviembre - 5 Diciembre 2013):


A nivel de contenidos, el programa se compone de 4 grandes módulos (ver programa detallado):
  1. Espectáculo en vivo: análisis del sector y estrategias de programación
  2. Gestión estratégica (incluye desde diseño estratégico y gestión de recursos, a comunicación y marketing o marco jurídico)
  3. Producción técnica y ejecutiva (que incluye un taller de diseño de una producción)
  4. Análisis de proyectos y elaboración del proyecto final
Entre el profesorado del curso contamos con:
  • Isona Admetlla. Office Manager del Berlin Internacional Film Festival.
  • Lluís Bonet. Director del programa de Gestión cultural de la UB y investigador sobre la economía de las artes escénicas y la gestión de festivales
  • Jaume Colomer. Director de Bissap y Consultor en artes escénicas y desarrollo de públicos
  • Nadala Fernández. Directora de producción. Tempus fugit producciones
  • Alberto Guijarro. Director del Festival Primavera Sound y de la Sala Apolo
  • Oriol Martí. Gerente de FiraTàrrega
  • Angel Mestres. Director de Trànsit projectes
  • Jordi Planas. Director de la Escuela Superior de Técnicas de las artes del espectáculo 
  • Andreu Puig. Gerente de la Escuela Superior de Música de Catalunya
  • Mike Ribalta. Responsable de profesionales de FiraTarrega
  • Pep Salazar. Director ejecutivo del Festival Offf y coordinador del curso
  • Cristina Salvador. Directora de A Portada
  • Toni Tarrida. Director de producción del Mercat de les Flors
  • Pepe Zapata. Director de comunicación del Mercat de les Flors


Os animamos a difundir el curso, así como en participar en las Jornadas "How to sustain the cultural dimension of performing arts projects? New models of financing and resource sharing" que tendrá lugar el día 3 de diciembre de 2013. Próximamente os explicaré con detalle el programa de la jornada desde este mismo blog.

¿Iconos para las masas o solo para las élites?



¿Es posible sustituir los miles de cámaras fotográficas enfocando La Gioconda por una contemplación reposada y sin empujones de la obra maestra de Leonardo? ¿Quiénes serían los privilegiados escogidos y qué habría que hacer con la masa de visitantes decepcionados que son atraídos diariamente por el icono del Louvre?

Una de las paradojas del mundo contemporáneo es el elevado crecimiento de las audiencias de los grandes espacios emblemáticos de la creación humana –y la degradación que este acceso masivo comporta– al mismo tiempo que multitud de otros monumentos y colecciones no logran atraer un flujo suficiente de personas para garantizar la viabilidad social y económica que permita mantenerlos abiertos. Los seres humanos corremos detrás de los iconos, marcando con alfileres virtuales nuestro mapa mental de lugares donde quisiéramos ir, que querríamos experimentar, y luego poder explicar. Tocar el aura y a ser posible llevarnos un recuerdo personal de estos lugares mágicos, con independencia de la calidad intrínseca de la visita efectuada, es importante para aquellos que hemos recibido una determinada educación.
 La calidad de la fotografía que podamos hacer con nuestra máquina es infinitamente inferior a la de una imagen comercializada por el propio museo, pero queremos poder mostrar que hemos estado allí, aunque sea para explicar la anécdota de la fotografía realizada por sobre las cabezas del resto de visitantes. Ahora bien, casi nadie sale satisfecho tras intentar entender porque esta pintura atrae tantas multitudes, y porque a me ha tocado disfrutarla en tan malas condiciones. Muy pocos consiguen descifrar la sonrisa enigmática de la Mona Lisa. Nos quedamos con la inexpresiva explicación de la guía turística, o el recuerdo de aquella clase de historia del arte donde un añorado maestro intentaba transmitirnos a partir de una foto de libro de texto, o con suerte una diapositiva descolorida, los misterios de la pintura de Leonardo. Y es este capital cultural lo que nos ha empujado a no dejar de lado esta apretada sala del Museo del Louvre.

Las alternativas a este despropósito no son fáciles. Todos querríamos ser uno de los pocos privilegiados en poder contemplar con tranquilidad la gran obra de arte. En el fondo, la opción del museo parisino es la misma que la de otros establecimientos con iconos similares. Mientras la gente no se queje excesivamente y la obra de arte no se estropee, prefieren no tomar medidas impopulares que, además, le reducirían los ingresos directos e indirectos que genera. El exceso de flujo humano desanima a algunos y se genera una cierta autorregulación. Ante la previsión de un aumento de la demanda, existen sin embargo varias alternativas: precios de exclusión para visitar obras de arte consideradas excepcionales; turnos de visita reservados anticipadamente; disposición de salas didácticas junto con réplicas de alta calidad y buenas explicaciones. Evidentemente, todas estas alternativas generan un tipo u otro de oposición o inconveniente, pero probablemente no tardaremos en ver algunas de estas opciones habilitadas en ésta u otros iconos con flujos de visitantes similares.

Tiempo al tiempo.

Más allá de las clientelas culturales


En un momento como el actual, de enormes dificultades financieras para la mayoría de administraciones públicas –en particular de las municipales– todos los proyectos y equipamientos culturales buscan desesperadamente cómo equilibrar sus cuentas sin renunciar a la esencia de su misión y a la prestación de sus servicios tradicionales. En estas circunstancias, es lógico que la mirada se centre en el público, en el consumidor que con su módica contribución monetaria individual aporta los recursos necesarios para hacer posible la actividad o evento. El público, no sólo aporta una parte sustancial de los recursos financieros totales, sino que con su presencia legitima el resto de recursos públicos y procedentes del patrocinio disponibles, siendo el destinatario primero de la oferta cultural y su razón última de ser.

Sin embargo, la focalización de la mirada hacia las audiencias –imprescindible y que no debería olvidarse cuando vuelva de nuevo el tiempo de las vacas gordas–, puede incorporar un cierto peligro: centrarse excesivamente en contentar a las clientelas de siempre, formada por los abonados, connaisseurs o aquellos que les gusta ver y escuchar siempre el mismo tipo de cosa. Desde una perspectiva de gestión financiera y de marketing, esta es una opción lógica y acertada, pero no lo es desde una mirada más amplia, que tenga en cuenta el conjunto de la sociedad y el progreso colectivo.

Vivimos en una sociedad compleja, individualista, cada vez más heterogénea y diversa. En un momento en que cada uno va a lo suyo, generador de aquello que Jean-Michel Lucas llama tolerancia cultural fría, las manifestaciones culturales pueden ser un punto de encuentro. Todo el mundo, en uso de su libertad –que por otra parte tanto a costado lograr– se expresa, intercambia y consume aquellas parcelas de realidad cultural que le interesan (o han sabido venderle). Vivimos en un contexto donde además de los grandes acontecimientos mediáticos, la especialización del consumo cultural es enorme, lo que permite una gran pluralidad (más teórica que real) de alternativas de consumo. Sin embargo, la incomunicación lleva a la ignorancia, y esta al desprecio o hasta el odio hacia las expresiones culturales del otro, sobre todo cuando visiones dogmáticas únicas quieren imponerse a las de otras comunidades. Habría que recordar aquí la famosa frase de Antonio Machado afirmando que Castilla deprecia lo que ignora (y substituyan Castilla por cualquier otro castillo totalitario). Faltan, por tanto, proyectos colectivos de carácter participativo y abierto. Donde sea fácil integrarse sin renunciar a los propios valores y expresiones, pero donde la interacción con la tradición o con la innovación haga posible un proceso de crecimiento colectivo.

Lo que hoy parece justificar la acción cultural pública es ser «capital de la cultura», «gran centro de la economía creativa», «polo de atracción de turismo cultural de calidad», o como mucho «celebración de la multiculturalidad». Todos estos objetivos son intrínsecamente buenos, pero en mi opinión muestran una mirada parcial, localista, que no aborda el reto fundamental que la cultura puede aportar a las sociedades contemporáneas. Ésta consiste, justamente, en hacer posible vivir colaborativamente la libertad de creación, expresión, e incluso de consumo cultural. La responsabilidad de los poderes públicos, y de sus instituciones especializadas –museos, bibliotecas, teatros, auditorios o centros de arte contemporáneo –, debería consistir en hacer posible espacios de interacción entre colectivos diversos, con el objetivo de ampliar los capitales culturales respectivos. La crisis debería hacernos más conscientes de este reto, en lugar de empequeñecer nuestra mirada y centrar nuestra atención casi exclusivamente en las respectivas clientelas. Hay que asumir la incomodidad de arriesgar y de llenar de sentido la responsabilidad de la acción cultural pública.