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Reflexiones sobre el impacto del COVID-19 en la cultura (4): las organizaciones culturales

El efecto del coronavirus en las organizaciones culturales debe analizarse tanto desde el punto de vista del producto que ofrecen, de la organización interna de entidades y empresas (su modelo de negocio, de ingresos y gastos, y de ahorro y endeudamiento), así como del mercado que proveen. En este sentido, el flujo y capacidad adquisitiva de la demanda, el valor simbólico aportado a los financiadores externos y la tipología de los proveedores son aspectos relevantes a considerar. Hay que tener en cuenta que las organizaciones culturales proveen no sólo a los consumidores finales, sino también a muchos agentes intermedios, culturales o de otros sectores (turístico, educativo, ocio ...) que les compran sus servicios. Así, pues, para analizar el efecto económico a las entidades y empresas culturales hay que valorar el conjunto del ecosistema y evaluar la situación en las diferentes etapas temporales en que se desarrollará la crisis del COVID-19.

En este sentido, es necesario diferenciar 3 grandes etapas:
  • El período de confinamiento de buena parte de la población con el cierre de todos los equipamientos culturales y de los procesos de producción artística, pedagógicos o expositivos en curso, con lo que implica de parada de la facturación y de cambio de hábitos culturales.
  • El período de desconfinamiento progresivo, que no será total hasta la generalización de la vacuna. Esta etapa de anormalidad vendrá marcada por una gran crisis económica y una ingente reducción de la demanda cultural
  • El período de retorno progresivo a la normalidad, con un sector público endeudado y empobrecido, y la desaparición de un buen número de organizaciones culturales.


Durante la primera etapa, todos los equipamientos y comercios culturales están cerrados, y buena parte de los servicios trabajan bajo mínimos. Este cierre de puertas implica la reducción a cero de los ingresos directos: ventas de productos y entradas, inscripciones para actividades educativas o especiales, y rendimientos asociados a las ventas de las tiendas, restauración o alquileres de espacios, entre otros. De momento los recursos provenientes de la aportación o subvención pública se mantienen, pero no compensan la pérdida de ingresos directos (y el escenario cara al 2021 se prevé oscuro). Al paro de la actividad y de la facturación se le añade la necesidad de abonar obligaciones pendientes o gastos fijos corrientes (alquileres, salarios, impuestos, suministros, intereses o retornos de préstamos ...). Este hecho genera grandes problemas de tesorería, muy en particular en las pequeñas y medianas organizaciones culturales sin ahorros o capacidad de acceso rápido a los descuentos bancarios. En este sentido, muchas de las ayudas gubernamentales excepcionales decretadas para ayudar al tejido empresarial se adaptan mal o llegan demasiado lentas -por colapso administrativo y exceso de burocracia - a un sector cultural por naturaleza bastante precario.

Durante la segunda etapa, el factor más arduo y a la vez más complejo de evaluar es la reducción del consumo cultural. Hay que tener en cuenta, que el gasto familiar en ocio y cultura estaba situado en 2017 un 23,8% por debajo del de 2008, lejos de recuperar en nivel previo a la crisis financiera, mientras que el gasto familiar medio estaba sólo un 8,1 % por debajo del nivel pre-crisis (Fuente: Encuesta española de presupuestos familiares). ¿Continuará creciendo el diferencial ante una crisis que tendrá una caída más acentuada pero en que la recuperación será probablemente más rápida? ¡Difícil de predecir! Ahora bien, es evidente que los principales ámbitos afectados serán el espectáculo en vivo, los festivales, y la actividad artística y patrimonial ligada a los flujos turísticos; pero estos no serán los únicos ámbitos perjudicados. Un dato preocupante ha sido la noticia que ya desde las primeras semanas de confinamiento, plataformas como spotify han visto caer sus suscripciones Premium en España en un 30%. Mucha gente, previendo la caída de ingresos, se apresuró a reducir aquellos gastos consideradas menos necesarias. Probablemente, la tendencia se acentuará en la medida que la tasa de desempleo aumente y los ingresos familiares caigan aún más en los próximos meses.

En este segundo periodo, las organizaciones culturales no verán recuperar los ingresos directos ya que, en su gran mayoría, no podrán abrir; bien porque lo tendrán prohibido (equipamientos con grandes aforos o actividades multitudinarias), bien porque el formato con distanciamiento social en que deberán ofrecer sus servicios, sumado a la débil demanda, generará gastos superiores a los ingresos y, por tanto, no será económicamente rentable. Al mismo tiempo, el patrocinio empresarial habrá caído a mínimos ya que las empresas orientarán su gasto en comunicación a la publicidad directa. También los donativos filantrópicos caerán, tanto en términos absolutos como relativos. A nivel absoluto dada la pérdida patrimonial de las grandes y medianas fortunas, y la reducción de la capacidad de ahorro entre las clases medias y bajas. Y, en términos relativos, ya que los recursos disponibles para filantropía se orientarán preferentemente hacia los proyectos sanitarios, sociales o de investigación asociada a la pandemia, dejando de lado las artes y el patrimonio. Otra cuestión es cómo se gestionará el distanciamiento social en las prácticas culturales hasta que la generalización de la vacuna u otras formas de distinción social para asegurar la no infección. No en todos los casos será posible.

A nivel interno, una cuestión preocupante es el efecto en los profesionales y en las entidades con las que solíamos colaborar. En algunas instituciones las prioridades sobre qué puestos de trabajo se mantienen y cuáles se sacrifican serán ambivalentes. Por un lado, muchos responsables de recursos humanos propondrán cargarse los empleos menos consolidados, con menores costes de despido. Por el otro, los directivos más clarividentes querrán mantener el personal clave para alcanzar la misión de la organización a medio plazo, aquellos que permiten conservar unos saberes y un know how único, no fácil de recuperar cuando la pandemia haya pasado. Esta ambivalencia también se dará en la relación entre organizaciones. ¿Qué proveedores o actividades subcontratadas son vitales para el ecosistema cultural de un territorio o sector? ¿Abandonaremos a su suerte profesionales y organizaciones mientras mantenemos actividades o personal interno menos trascendente?

En este sentido, es preocupante la desorientación, descoordinación y falta de visión estratégica de muchos directivos del sector cultural. Es evidente que puede ser justificable dada la enorme dimensión, el alcance global, la imprevisibilidad y la falta de experiencia previa. Sin embargo, sus consecuencias son graves. Pasadas las primeras semanas de sorpresa, muchos festivales o grandes eventos multitudinarios aún dudan entre retrasar unos meses la celebración o cancelar la edición y dejarlo para el próximo año. Por su parte, algunos equipamientos emblemáticos han anunciado su programación para el último trimestre del año sin tener claro si la audiencia los acompañará o si habrá que reprogramar todo dentro de un par de meses, cuando el panorama sea más despejado.
En el campo del libro, por ejemplo, más allá del retraso al 23 de julio de la fiesta de Sant Jordi (y a la espera de conocer si las estrategias para este anómalo 23 de abril funcionan) observamos dudas y estrategias contradictorias por parte de agentes clave: libreros, editoriales o responsables gremiales. Teniendo en cuenta las enormes asimetrías de recursos entre grandes grupos y pequeñas empresas (y de inversión previa en la distribución digital), probablemente el resultado final será el cierre de muchas librerías y editoriales independientes. En este sentido, recomiendo el análisis prospectivo del sector de DosDoce. Sin duda, en toda esta desorientación se echa en falta una estrategia gubernamental decidida de acompañamiento del sector. Algunos países han sabido gestionar y acompañar mejor que otros los respectivos sectores culturales. No es casual que hayan sido países con una mayor conciencia de la aportación de la cultura a la vida nacional, o aquellos con experiencia previa de la crisis del SARS 1 (Corea del Sur, Taiwán o Singapur).

Ante una situación sin precedentes, la estrategia más adecuada en mi opinión es la prueba-error, con capacidad de corrección rápida, así como la observación de las estrategias y resultados de otros ámbitos o territorios. Asimismo, la experiencia muestra que sobreviven aquellas organizaciones que saben adaptarse velozmente a los cambios de paradigma ya las nuevas demandas social, dando valor a los propios activos (a través de su rápida difusión y distribución digital y avanzándose a la reacción de otros agentes). Esto es más fácil de hacer en organizaciones flexibles, poco jerárquicas, con liderazgos cooperativos donde se comparten las iniciativas y los aprendizajes.

Finalmente, a pesar de que es difícil saber qué pasará durante la tercera etapa, una vez la vacuna se generalice, hay algunas suposiciones que parecen bastante verosímiles. Se habrá reducido el número de organizaciones culturales, en particular habrán desaparecido aquellas productoras, compañías, festivales y empresas de servicios culturales o de utillaje menos ancladas institucionalmente, poco flexibles, con recursos escasos o con débil capacidad de reacción. Evidentemente, aquellas que habían invertido o diversificado en distribución digital, con profesionales adaptables y capacidad de iniciativa lo tienen un poco más fácil. Los equipamientos - en particular aquellos que cuentan con apoyo público estable - habrán tenido más probabilidades de sobrevivir (bibliotecas, museos, archivos, centros culturales polivalentes, teatros estables). Ahora bien, ¿habrán sido capaces de aprovechar este tiempo para reinventarse, lograr sinergias con otros proyectos -por ejemplo, los de salud - y hacerse necesarios a la comunidad? Por el camino desaparecerán un número no despreciable de librerías, cines, residencias artísticas o incluso espacios expositivos y patrimoniales. Si durante la segunda etapa algunos programadores han optado por propuestas de proximidad, por creación km. 0, habrá que ver si esto sólo era un espejismo de buena voluntad del segundo semestre de 2020, o si tendrá continuidad. En este sentido, cabe preguntarse, ¿qué papel seguirá teniendo el mercado y el circuito internacional? Con respecto al flujo importador puede ser visto como un competidor importante pero también una ventana a influencias, intercambios y a la creatividad internacional. Y, en sentido opuesto, una fuente imprescindible de ingresos para muchas compañías y productoras que no podrían sobrevivir en un mercado nacional demasiado reducido.

Una consecuencia previsible es una mayor concentración empresarial, que quizás permitirá la consolidación de alguna empresa más competitiva y grande (veremos si local o de alcance multinacional). También es previsible el surgimiento de multitud de nuevas iniciativas y proyectos -la creatividad humana es imparable -, ya que el cambio de paradigma permitirá emerger nuevos formatos y modelos de producción y negocio. Sería necesario, sin embargo, un buen acompañamiento de políticas públicas. Por ello, dedicaré la próxima reflexión a analizar las políticas gubernamentales de apoyo al sector y en la vida cultural.

Finalmente, me gustaría terminar con una mirada más optimista. Estoy convencido de que la crisis permitirá reorientar radicalmente organizaciones que, quizá sin este choque, no habrían hecho las reformas o cambios estructurales necesarios para pasar de etapa, ni habrían decidido colaborar más entre ellas y con otros sectores. Evidentemente, son necesaria ciertas condiciones para ello: flexibilidad para reducir inicialmente el tamaño y, en el momento oportuno, para volver a incrementarlo, adecuándola a la nueva estrategia; disponer de cierto nivel de recursos humanos y financieros; y una mínima liquidado para aguantar el golpe inicial y para hacer las inversiones necesarias posteriores.

Reflexiones sobre el impacto del COVID-19 en la cultura (3): los profesionales de la cultura



¿Qué efectos tendrá la crisis asociada al coronavirus en los profesionales culturales? Sin temor a errar, sabemos que serán profundos para prácticamente todos ellos. Si la crisis financiera del 2008 segó el futuro profesional de muchos artistas, intérpretes, libreros, galeristas o críticos de arte, solo para citar algunas de las tantas profesiones culturales, el parón inicial causado por el COVID-19, la crisis económica y presupuestaria que nos cae encima y el cambio de prácticas y de consumo cultural de la población tendrá consecuencias profundas y graves. En particular porqué la mayoría de dichos profesionales cuentan con escasas redes de protección. No podemos, aún, cuantificar el volumen del descalabro, pero todos somos conscientes de su gran magnitud.


Conscientes de ello, muchos miran el futuro con angustia y desasosiego, pero también con una enorme generosidad y solidaridad: ¡Cuantas iniciativas increíbles están naciendo estos días! Otros, intentan reinventarse sin saber aún en qué dirección (¿cómo hacer vivir el teatro sin público, un taller de danza sin contacto físico, una fiesta popular sin compartir o un festival sin aglomeración frente al escenario?). Como en la reflexión precedente sobre las prácticas culturales, es importante diferenciar cómo afectará a los diferentes profesionales culturales, por un lado, durante el periodo inicial de confinamiento y cierre temporal de equipamientos y proyectos; por otro lado, el lento periodo transitorio hasta que la vacuna se generalice; y, finalmente, el retorno a una normalidad diferente. Durante el primer estadio de confinamiento de la población, la mayoría de profesionales y proyectos se han quedado sin facturar. El problema es que esta situación de cierre temporal se alargará, y en algunos casos terminará por ser definitiva. ¿Cómo adaptarse para sobrevivir? ¿Qué consecuencias distintas tendrá para los profesionales independientes, los contratados (directa o indirectamente) por la administración pública, los empleados del sector no lucrativo, los emprendedores y empresarios, o los asalariados de las empresas culturales? ¿Qué sectores, ámbitos o formatos de oferta cultural resistirán mejor?

Es evidente que, como ya pasó con la crisis iniciada en 2008, no todos van a sufrirlo por igual. Los más afectados serán los profesionales independientes, los del sector del espectáculo en vivo y del turismo cultural, así como los trabajadores de los grandes eventos multitudinarios. Los menos afectados, pero que probablemente también sufrirán recortes, serán los funcionarios públicos, los enseñantes y los trabajadores del sector cultural digital. Todo dependerá de la duración y profundidad de la crisis económica. Muchos asalariados de empresas y organizaciones culturales que de momento han sido afectados por un ERTO (expediente de regulación temporal de la ocupación) pronto verán cerrar sus proyectos e irán al paro indefinido. Evidentemente, esto dependerá del tipo de actividad y del músculo financiero de cada empresa (a este tema vamos a dedicar la siguiente reflexión).

Alguien puede argumentar que los efectos sobre los profesionales culturales no son distintos de los que sufren los trabajadores de otros sectores económicos. Esto es en buena parte verdad, pues en otros ámbitos también hay profesionales por cuenta propia o free-lance, gente que acaba de perder su trabajo de forma temporal o definitiva, emprendedores endeudados que ven como su proyecto se convierte de repente en inviable, familias con perspectivas futuras muy precarias, o trabajadores que deben continuar laboralmente activos –con teletrabajo o desplazándose a la oficina – que no saben cómo gestionar el cuidado a sus mayores y de sus hijos confinados en casa. De todas formas, buena parte del sector cultural –al igual que el turismo, la restauración o el comercio de bienes duraderos –, serán los últimos en poder subir de nuevo la persiana. No será fácil dar garantías de seguridad (cumplir con las normas de salud pública y al mismo tiempo ser viables económicamente), recuperar la confianza de usuarios e inversores, o atraer consumidores con disponibilidad de compra. El retraso en volver a la normalidad, la proporción mucho más elevada de profesionales por cuenta propia y de micro-empresas y entidades sin capacidad financiera hacen del sector cultural uno de los más frágiles. Por esto requiere un análisis y un tratamiento especial.

En este sentido, disponer de ayudas directas (como podría ser una renta mínima vital suficiente) o poderse acoger al seguro de paro son cuestiones fundamentales. Los trabajadores por cuenta ajena cuentan en la mayoría de países europeos con ERTO o seguros de desempleo que les cubren diversas semanas o meses en función del tiempo previo en el que han estado contratados. El problema lo tienen los profesionales por cuenta propia que cuando dejan de facturar no cobran. O la de los profesionales intermitentes del espectáculo, que solo están contratados cuando ensayan colectivamente o en días de espectáculo, aunque continúen preparándose y formándose el resto del año (solo Francia dispone de una normativa protectora para ellos).

De todas formas, otros tienen más trabajo que antes (aunque no siempre retribuido adecuadamente). Los enseñantes estamos aprendiendo a marchas forzada a acompañar nuestros estudiantes en su proceso de aprendizaje virtual, aunque también el mercado formativo se deshinchará este próximo curso debido a la creciente precariedad doméstica y a la parálisis de la movilidad internacional. Mejor futuro les depara a aquellos que se dedican a tareas de selección, digitalización, animación o difusión virtual de contenidos culturales, pues todas las instituciones con unos mínimos recursos han constatado la importancia de ser muy activos en esta materia.

Muchos artistas y organizaciones han aprovechado estos días de confinamiento, de tiempo libre no planificado por parte de muchos, para ofrecer nuevas creaciones o compartir sus obras de forma gratuita on-line a una población hambrienta de contenidos, de descubrir o redescubrir autores o intérpretes y de compartir experiencias. Y todo ello con formatos y modelos de compartir particularmente creativos. En la mayoría de casos ha sido una excelente forma de fortalecer su imagen y compromiso social, de difundir y de crear una relación empática con viejas y nuevas audiencias. Ahora bien, no todos comparten esta estrategia pues piensan que se devalúa el trabajo artístico y se malacostumbra la audiencia a no pagar, en un sector per se suficientemente precarizado. ¡Vamos a ver quién tiene razón …! Es verdad que no todos podrán subsistir, ni aprovechar este entusiasmo innovador y de reconocimiento, pero no creo que toda este esfuerzo y creatividad caiga en saco roto.

Como hemos visto, los cambios no son solo cuantitativos sino también cualitativos. La crisis que acompaña al coronavirus es sistémica; acelera procesos preexistentes como el teletrabajo, el efecto prosumer, o la desmaterialización de la experiencia cultural … Todo ello cuestiona los factores que desde el romanticismo habían caracterizado el trabajo artístico y la producción cultural, tanto desde una perspectiva conceptual intrínseca (el valor intangible de la creación artística y del patrimonio cultural), como desde una perspectiva social, económica o política extrínseca, instrumental. Algunos pueden pensar que cuando llegue la vacuna contra el COVID-19 todo volverá a su flujo habitual, rutinario. Probablemente, muchas cosas lo harán, pero estoy convencido que en esta crisis habremos perdido definitivamente unas cuantas sábanas; algunos de los servicios esenciales ofrecidos por museos, archivos, teatros o festivales no volverán, o serán distintos. Y esto tiene consecuencias sobre los profesionales culturales, pues algunos de sus servicios dejarán de tener sentido, deberán reciclarse o serán substituidos por nuevos perfiles profesionales. ¿Hasta qué punto muchos de los profesionales culturales están preparados para adaptarse a estos cambios y a la nueva ola tecnológica asociada a la inteligencia artificial y la robotización? ¿Estamos los investigadores y los educadores preparados para acompañar a las jóvenes generaciones y a los profesionales algo más maduros en este proceso?

No tengo respuesta para estas preguntas, pero es importante reflexionar sobre ellas, tanto a nivel individual -cómo me afecta a mi y cual es la mejor manera de reaccionar-, pero también a nivel colectivo. En la próxima entrega voy a profundizar en los efectos de la crisis del coronavirus en las entidades y organizaciones culturales. De momente os deseo a todos y todas: ¡¡ salud y muchos ánimos !!

Reflexiones sobre el impacto del COVID-19 en la cultura (2): las prácticas culturales


¿Qué efectos puede tener la crisis asociada al coronavirus en las prácticas culturales ciudadanas a corto, medio y largo plazo? Evidentemente, habrá que esperar un cierto tiempo y disponer de estudios profundos para poder evaluar correctamente todos sus efectos. Seguramente, el impacto diferirá en función del grado de reclusión, la situación laboral, la edad o la accesibilidad a recursos tecnológicos y culturales de cada persona y colectividad, entre otros factores. Un ámbito de análisis particularmente interesante, por la duración de la reclusión, será el impacto en los niños y adolescentes que han pasado de una educación y una socialización presencial a convivir recluidos en los hogares familiares, pero manteniendo la conexión virtual con los amigos y siguiendo sistemas de aprendizaje en línea (en la mayor parte de casos, bajo la guía de maestros voluntariosos pero inexpertos). Está claro que habrá que cruzar estas variables entre sí, ya que no es lo mismo vivir en un espacio diminuto con toda la familia alrededor y con adultos obligados a hacer teletrabajo con un único ordenador o tableta familiar, a veces solo con teléfono móvil*, que hacerlo con buenas condiciones espaciales y tecnológicas; y no hablemos de los que tienen que pasar la cuarentena enfermos o aislados en espacios infrahumanos.

En todo caso y en espera de los resultados de los estudios empíricos es posible avanzar diferentes hipótesis. Sin embargo, es necesario diferenciar entre los efectos durante el periodo de confinamiento de los posibles impactos a medio y largo plazo como consecuencia de la crisis socioeconómica y de las alteraciones de hábitos culturales y sociales que todo ello habrá generado.

En cuanto a los cambios inmediatos, estamos siendo testigos de un experimento social inédito, con efectos notables en las prácticas culturales y en las relaciones sociales. El confinamiento ha sido un gran propulsor de vida familiar, recluida pero en la mayoría de casos más intensa, de relación vecinal sin precedentes (por primera vez hemos mantenido conversaciones desde el patio de luces o las terrazas con vecinos que no sabíamos ni el nombre), y de una gran creatividad personal, descubriendo, disfrutando y compartiendo experiencias culturales inéditas. También de aprendizaje y de impulso de las herramientas digitales. Para muchos de nosotros ha sido la oportunidad para recuperar o conocer libros, series audiovisuales, canciones y artistas increíbles. También para aprender, desarrollar y compartir habilidades artísticas, tecnológicas y culinarias (¡seguro que saldremos con unos cuantos kilos más!).

Durante el confinamiento mucha gente consume grandes cantidades de productos culturales (gratuitos y digitales en la mayoría de casos, pero no sólo) ya que muchos productores han abierto sus plataformas de contenidos y se dispone de más tiempo para leer, escuchar, ver y compartir todo tipo de manifestaciones culturales. Ver, como ejemplo, el gráfico adjunto con los resultados de una encuesta realizada en los EEUU y en el Reino Unido sobre modificación del consumo cultural durante estos días de confinamiento. En todas las generaciones se da un incremento del consumo cultural, en particular de música, pero es entre los más jóvenes (la generación Z, de entre 16 y 23 años) donde es más intenso.
https://www.visualcapitalist.com/media-consumption-covid-19/
Más allá del consumo, se están desarrollando también las capacidades creativas, de aprendizaje y de comunicación de una manera diferente a la habitual, pero también a cuando uno está de vacaciones. Es decir, está siendo un acicate para el desarrollo de todo tipo de prácticas artísticas y de redescubrimiento de un patrimonio cultural que uno valoraba pero que no tenía tiempo o predisposición anímica para disfrutar (visitas a museos virtuales, ver y escuchar grabaciones ofrecidos por grandes salas de conciertos, teatros o grupos musicales ...). Muchos han probado servicios habitualmente de pago y algunos han acabado abonándose a la suscripción de los que más les ha gustado. La cultura ha demostrado su gran capacidad para entretener, formar, cuestionarnos y hacernos felices. ¡La cultura nos hace humanos!

¿Tendrá esta experiencia efectos a medio y largo plazo? No lo sabemos, pero a pesar de que los seres humanos tendemos a tropezar de nuevo en la misma piedra, también aprendemos de la experiencia vital. Adicionalmente, hay que tener en cuenta que a corto y medio plazo no habrá un retorno inmediato a las rutinas diarias, ya que a pesar que el confinamiento afloje y haya que ir a trabajar, hasta que la vacuna no llegue habrá que seguir procesos de distanciamiento social. No sabemos la evolución de la pandemia ni los rebrotes que pueda tener, pero es evidente que los eventos de media y gran dimensión no se recuperarán pronto, que la crisis económica que se inicia reducirá drásticamente la capacidad de gasto familiar, en particular en todo lo que no se considere esencial, que reduciremos los viajes turísticos y las vacaciones serán más cortas y diferentes ... En este contexto incierto, ¿qué cambios de hábitos culturales se darán? Una pequeña parte de ellos dependerán de la oferta cultural, de cómo se adapte para no desaparecer, así como de las iniciativas gubernamentales de apoyo a la misma. Otros estarán asociados a los descubrimientos experimentados durante los períodos de confinamiento.

Y a largo plazo, ¿qué prácticas sociales y culturales tenderán a desaparecer y qué otras crecerán? ¿Se acelerarán aún más las prácticas digitales frente a las del mundo analógico? ¿Crecerá el rol prosumer, difuminando la línea divisoria entre productores y consumidores? ¿Serán muy diferentes los efectos entre las diversas tipologías de individuos y colectividades? En este sentido, una de las derivadas preocupantes es el desigual impacto entre los diferentes grupos poblacionales en función de sus condiciones vitales, sociales, económicas y culturales. Un estudio reciente sobre las prácticas culturales en 21 barrios barceloneses, clasificados en tres categorías socioeconómicas diferentes, muestra cómo la desigualdad económica tiene efectos profundos en las prácticas culturales. A partir de aquí cabe preguntarse si la experiencia de confinamiento familiar ampliará la brecha social como consecuencia de las asimetrías preexistentes, tanto de aquellas originadas en el capital cultural y educativo de base, como las asociadas al acceso a los recursos tecnológicos (calidad de la conexión a internet, disponibilidad de ordenador o tabletas para toda la familia ...) o en el espacio residencial donde se ha vivido el confinamiento. Todos ellos recursos que condicionan el poder desarrollar una vida cultural autónoma y enriquecedora (diferencias sociales que, desgraciadamente, también tienen su efecto perverso en la densidad de contagios y en los índices de mortalidad por barrios).

Para concluir esta primera reflexión, una pregunta final: ¿nos hará esta crisis más libres? Aparentemente, no. Está claro que aceptar el confinamiento es un acto de solidaridad capital y que es necesaria una cierta coerción para evitar comportamientos egoístas. Pero la obligación coarta la libertad y alimenta comportamientos autoritarios o mezquinos (de autoridades, policías o vecinos envidiosos). Si la cultura nos hace libres, ¿hasta qué punto la necesidad de crear y de compartir expresiones culturales nos hace más humanos como individuos y como sociedad? De ello estoy convencido. Ahora bien, esto no significa que el ecosistema cultural no pague una factura enorme como consecuencia de la presente crisis. ¡Pero, de los efectos en los profesionales y en las instituciones culturales hablaremos en los próximos escritos!
__________
*Los primeros resultados del cuestionario sobre Condiciones de aprendizaje y confinamiento en Catalunya de @xavierbonal i @SheilaGonzlez6 #InfanciaConfinada muestran una brecha económica y de la infancia en Catalunya que da miedo. La presencialidad ayuda a nivelar, pero con el confinamiento las diferencias socio-económicas condicionan las posibilidades de aprendizaje escolar y, añado yo, de acceso e interacción con las experiencias culturales.

Reflexiones sobre el impacto del COVID-19 en la cultura (1): Preguntas iniciales


El impacto social y económico de la crisis del coronavirus en las prácticas culturales ciudadanas y en el sector cultural profesional serán muy profundas, y al mismo tiempo difíciles de predecir en su globalidad y complexidad por la falta de referentes previos. Por esto, compartir una mirada prospectiva cuando no ha pasado ni un mes del inicio del confinamiento (en nuestro caso, el 14 de marzo de 2020) es altamente arriesgado; pero al mismo tiempo creo que útil para todos aquellos preocupados por el devenir del sector y la vida cultural. Con estos ánimos, pero también con cierta cautela, me propongo escribir un conjunto de reflexiones centradas en los efectos del COVID-19 en los distintos actores claves de la vida cultural: la ciudadanía con sus cambiantes prácticas culturales, los creadores y el resto de profesionales de la cultura preocupados por su devenir profesional, las organizaciones culturales muchas de ellas al borde del colapso, y las instituciones gubernamentales responsables de apoyar la vida cultural. Dichas reflexiones se hilvanarán intentando responder a un conjunto de preguntas, la mayoría de ellas de difícil, imprecisa o hasta imposible respuesta. Pero el hecho de formularlas y de reflexionar sobre escenarios futuros quizás ayude a diagnosticar el futuro y a tomar las mejores decisiones posibles. ¡Vamos a allá!

¿Qué cambios está provocando el confinamiento de la población en las prácticas culturales y en las relaciones sociales? ¿Qué pasará cuando el confinamiento termine, pero la situación económica de las familias empeore? ¿Es posible que buena parte de las prácticas de empoderamiento creativo, de vida familiar recluida pero más llena y de relación vecinal sin precedentes, o de hallazgo de otras formas de descubrir, gozar y compartir manifestaciones culturales conlleve un cambio significativo de hábitos culturales? ¿Qué efectos puede tener en las prácticas culturales a largo plazo de individuos y colectividades heterogéneas? O, desde otra perspectiva, ¿se ampliará la brecha social debido al crecimiento de las asimetrías en la acumulación de capital cultural y en el acceso a los recursos mínimos (tecnológicos, espaciales, educativos …) para poder desarrollar una vida cultural autónoma y enriquecedora?

Por lo que concierne a los profesionales, ¿con que desasosiego viven la situación actual y qué futuro les depara el post confinamiento por el COVID-19? Esta pregunta tiene muchas respuestas pues es un sector muy heterogéneo, formado por un lado por un amplísimo colectivo de creadores y profesionales independientes, gente talentosa pero dependiente de un mercado profesional impredecible, a menudo muy precario. Y, por otro lado, profesionales contratados laboralmente por instituciones y empresas – no solo culturales – de características y capacidad para resistir la crisis muy desigual. ¿Cómo les va a afectar el confinamiento y el cierre temporal (y por desgracia en muchos casos también definitivo) de muchos proyectos y organizaciones culturales? ¿Qué consecuencias distintas tendrá para los profesionales independientes, los contratados (directa o indirectamente) por la administración pública, los empleados del sector no lucrativo, los emprendedores y empresarios, o los asalariados de las empresas culturales? ¿Qué sectores, ámbitos o formatos de oferta cultural resistirán mejor?

Y en paralelo, ¿qué estrategias están siguiendo los profesionales independientes y las organizaciones culturales ante el parón por el confinamiento? ¿Tendrán dichas estrategias, cuando las hay, consecuencias a medio plazo en términos de mayor relevancia artística, patrimonial y social, y por lo tanto también económica? ¿Hasta qué punto el actual mercado del arte y las exposiciones, cada vez más competitivo a escala global, puede cambiar empujado por el acercamiento a pequeños públicos locales, el encarecimiento del transporte aéreo y la crisis climática? ¿Es posible que los programadores de proximidad apuesten por la creación Km. 0, o esto solo será un espejismo de buena voluntad del segundo semestre de 2020? ¿Qué papel debe continuar teniendo el mercado y el circuito internacional (tan importante para muchas compañías y productoras que no puede sobrevivir en mercados nacionales pequeños), o la cooperación cultural con agentes, artistas y proyectos de otras partes del mundo?

Y, si apuntamos a una distancia algo más larga, ¿qué efectos a medio plazo pueden tener las dinámicas sociales y las prácticas culturales fruto de las experiencias asociadas a la crisis del COVID-19? ¿Se frenará el lento declive del valor intrínseco de la cultura experimentado en los últimos lustros y una legitimación asociada fundamentalmente a su impacto económico y social? Y, en las nuevas circunstancias, en lugar de revalorar su insubstituible contribución a aquello que nos hace humanos, tal como el confinamiento ha puesto de relieve, pasado este momento ¿deberán los profesionales y las organizaciones culturales legitimar de nuevo su existencia asociados a los efectos positivos que su actividad tiene para la salud y el bienestar para poder subsistir (los ámbitos que junto a la investigación se han ganado la legitimidad social y, esperemos, más recursos públicos)?

Por lo que respecta a la acción gubernamental, ¿cabe esperar transformaciones relevantes en las políticas de apoyo público a la cultura? ¿Habrá un cambio de prioridades o, como en la crisis financiera anterior, se priorizará lo más institucional y lo más mayoritario, con independencia de su aportación en términos de creatividad o sinergias multiplicadoras? ¿Se intentará compensar la caída de la demanda con recursos públicos bien planificados o la necesidad de aumentar la recaudación de un estado en quiebra llevará a subir los impuestos sin tener en cuenta la elasticidad renta del gasto cultural, así como la del ingreso fiscal asociado? ¿Qué distribución de recursos entre niveles de gobierno, entre sectores creativos o entre tipologías de acción cultural se va a dar? Por otro lado, ¿vamos a vivir cambios radicales de los paradigmas de política cultural? ¿Habrá un retroceso de los derechos culturales ante una creciente deriva autoritaria y el fortalecimiento de fuerzas políticas impulsoras de nuevas democracias iliberales?

Y, finalmente, ¿habremos vivido un anticipo de lo que nos espera dentro de 10 o 20 años con la plena implementación de la inteligencia artificial, con sus consecuencias sociales y económicas (incremento del tiempo de ocio, desaparición de los trabajos automatizables, más precariedad económica para los excluidos del sistema, generalización (quizás) de una renta mínima vital …)? Es decir, ¿vamos a vivir una progresiva difuminación de los límites entre mundo real y realidad virtual, entre amateurismo y profesionalismo? ¿Hasta qué punto van a desaparecer las categorías sobre las que se ha construido a lo largo del último siglo la acción cultural y las políticas culturales (el concepto de aura ligado al objeto físico, quién y qué define la calidad artística, el valor de la experiencia cultural …)?

Como se ha podido observar el número de preguntas relevantes es abultado y la capacidad para responderlas muy limitado. En los próximos escritos intentaremos reflexionar escalonadamente al hilo de las mismas.

Beneficios fiscales a la cultura: IVA, IRPF e IS


Gasto público y Beneficios fiscales de la administración central española
(miles € deflactados, base 2008)


La mayoría de operadores culturales siguen de cerca la evolución de las partidas de gastos de los presupuestos de cultura de las distintas administraciones públicas, pero ignoran el complejo mundo de los beneficios fiscales. Los principales impuestos –IRPF, IVA, Impuesto de sociedades (IS) y de la renta de no residentes (IRNR)– cuentan con diversas exenciones, deducciones o desgravaciones fiscales con el objetivo de favorecer aquellas actividades, bienes o servicios considerados beneficiosos para el conjunto de la sociedad.

El volumen del presupuesto –gasto público, nivel impositivo y beneficios fiscales – están en función del modelo de estado de bienestar de cada país. A menor nivel impositivo, más desigual es una sociedad pues los ciudadanos con mayor nivel de ingresos pueden pagarse los servicios privadamente, mientras que los más pobres no. Otra cuestión es quien paga los impuestos (en mayor proporción las rentas del trabajo y el consumo que las rentas del capital pues es más fácil de controlar) y quien se beneficia del gasto público o de los beneficios fiscales (fruto de las prioridades políticas de cada gobierno). Finalmente, el peso relativo de cada figura impositiva tiene claros efectos sociales, pues los impuestos directos (renta, sociedades o patrimonio) tienen un mayor efecto redistribuidor, mientras que el IVA al gravar a todo el consumo por igual tiene un efecto anti-redistribuidor. En este sentido el sector de la cultural es ambivalente. Por un lado puede ser tachado de anti-redistributivo puesto que los bienes y servicios que reciben mayor apoyo público son consumidos preferentemente por las clases medias y altas con mayor capital cultural. Por otro lado, unos precios más asequibles permiten acceder a una oferta (fuera del alcance sin la ayuda pública) a los grupos sociales con menores niveles de ingreso. De todas formas, más allá de este principio, dado el asimétrico trato fiscal de las distintas prácticas culturales (tipos de IVA que oscilan entre el 4% y el 21%) sería necesario realizar un análisis detallado de los efectos sociales de la tributación.

Hasta el año 2012, la administración central española ha aportado tradicionalmente a la cultura más recursos vía beneficios fiscales que a través del gasto público directo (que depende fundamentalmente de la generosidad de las administraciones locales y en menor proporción de las autonómicas).  Sin embargo, mientras conocemos con detalle la liquidación de las partidas de gasto público, los beneficios fiscales son solo conocidos por unos pocos expertos (con la limitación adicional que la hacienda pública española únicamente da a conocer su estimación en la redacción de los presupuesto y no publica el valor liquidado finalmente por dicho menester. Por esta razón los datos correspondientes a ejercicios con cambios normativos importantes a mitad de año (caso de 2012) deben tomarse con extremada precaución.

El beneficio fiscal más conocido por su recién desaparición (septiembre de 2012) es la del tipo reducido del IVA para los espectáculos y los servicios artísticos, pues el incremento del 8% al 21% ha implicado un enorme coste adicional para el usuario (o para el exhibidor en aquellos casos que no se ha repercutido en el precio final). En dicha fecha no solo se incrementan los tipos reducido y normal respectivamente del 8% al 10% y del 18% al 21%, sino que se decide que algunas actividades, aquellas que el gobierno no quiere continuar apoyando, cambien de grupo, desapareciendo el principal beneficio fiscal con que contaba la cultura (cabe tener en cuenta que los beneficios asociados al IVA previstos en el presupuesto de 2012, antes de decidir su desaparición, representaban el 74% del total de las ventajas fiscales a la cultura).

Como consecuencia fundamentalmente de la subida del IVA, las actividades culturales pasan de representar el 3,38% del conjunto de beneficios fiscales otorgados por el fisco español en 2011 a solo el 1,55% en el año 2013.1 Mientras que en 2009 los beneficios fiscales ascendían a 1.817 millones de Euros, en el presupuesto de 2014 se estiman en solo un tercio de aquel importe, 647 millones, reducción que evidentemente no es posible explicar solo como consecuencia de la crisis económica. Aun y la comprensible necesidad de reducir el déficit presupuestario, la rebaja en el ámbito cultural es muy superior a la media. Si a esto se suma el acentuado descenso del gasto público en cultura (del orden del 50%, ver artículo sobre el tema) queda claro cuáles son las prioridades del gobierno central en este ámbito. Otros sectores, como el turismo o la automoción (por no citar la extraordinaria ayuda a la banca) mantienen el trato de favor, mientras que el pretendido aumento de ingreso fiscal obtenido con el incremento de tipo queda casi en nada debido a la incapacidad de las familias para aumentar su presupuesto en actividades culturales.

El apoyo gubernamental a la cultura en España se da y se visibiliza fundamentalmente a través del gasto público (subvenciones y gasto directo e inversión de las administraciones públicas), jugando los beneficios fiscales un papel discreto, escasamente conocido. El hecho que (en función del año) entre el 70 y el 80% del total de los beneficios otorgados provengan del diferencial de tipo del IVA (las bibliotecas, museos y archivos mantienen el tipo reducido al 10%, los libros y revistas en papel el tipo superreducido del 4% y las actividades prestadas por entidades públicas o de carácter social están exentas de IVA) hace que la mayoría de la ciudadanía no sea consciente de dicho apoyo. En cambio, en aquellos países donde la desgravación fiscal a actividades filantrópicas disfruta de una gran y continuada protección (no solo en Estados Unidos o el Reino Unido, sino también en países más cercanos cultural y administrativamente como Francia) hay una mayor consciencia tanto del beneficio como del esfuerzo colectivo que implican (son ingresos que el estado deja de recaudar para otros menesteres asimismo necesarios).


Evolución de los beneficios fiscales a la cultura en los Presupuestos generales del Estado (millones de € y % sobre los BF totales de cada impuesto). Memorias de Beneficios fiscales. Elaboración propia
En España, las deducciones culturales en el IRPF solo representan el 0,07% de las existentes en la previsión de ingresos de este impuesto para el 2014, proporción totalmente insignificante. Una hacienda pública avariciosa (e incapaz de entender los efectos económicos y sociales multiplicadores y el propio retorno fiscal de un mecenazgo fuerte) y la escasa consciencia y tradición filantrópica de la población (por falta de incentivos y educación pública) explican que el conjunto de beneficios fiscales por donación a fines sociales, educativos, científicos, de cooperación al desarrollo o a la cultura se eleve solamente a 85 millones de Euros. Cabe tener en cuenta que solo el 11% de las donaciones iban destinadas en 2008 a entidades declaradas de interés público y el 3% a actividades consideradas prioritarias (y por lo tanto merecedoras de una desgravación mayor al 10% general, del 25% y el 30% respectivamente).2 Todo ello explica que el conjunto de beneficios fiscales del IRPF a cultura, sumando a las donaciones la deducción por bienes del patrimonio histórico español y las exenciones por premios literarios y artísticos, asciende en el presupuesto de 2014 a la irrisoria cantidad de 11,6 millones de Euros.

Dicho valor no incluye la mayor parte del micromecenazgo participativo a través de internet (más conocido como crowdfunding). A pesar de su gran crecimiento y que ayuda a financiar un gran número de pequeños proyectos culturales, no solo no dispone de un tratamiento fiscal específico sino que en la gran mayoría de casos no computa como donación (bien por incorporar premios, bien porqué los destinatarios –mayoritariamente promotores culturales autónomos– no son entidades consideradas de utilidad pública y por lo tanto susceptibles de generar desgravación fiscal). En los esbozos conocidos del borrador de la nueva ley de mecenazgo (en sintonía con la propuesta 122/000264 del Grupo Parlamentario Popular presentada en el Congreso de los diputados en la anterior Legislatura) se contempla la posibilidad de una deducción del 100% en los primeros 150€ donados y del 70% para el resto. Veremos si a la hora de la verdad, cuando el gobierno apruebe el proyecto de ley, Hacienda autoriza beneficios fiscales de tal magnitud. ¡Sería una magnífica contribución para el fomento de una nueva cultura filantrópica en España!

El otro tributo con deducciones y exenciones significativas con efectos en el ámbito cultural es el impuesto de sociedades. Las deducciones a la cultura representan el 3,4% de las existentes en la previsión de ingresos de este impuesto para el 2014, proporción muy inferior al 10,4% previsto para el año 2011.  Cabe diferenciar las ayudas fiscales específicas a la producción y acción cultural de la desgravación más general a donaciones y al patrocinio empresarial a actividades de interés general (deportivas, sociales, educativas, sanitarias o cultuales). En el primer caso, el presupuesto de 2014 ha previsto otorgar 5,89 millones a 31 empresas de producción cinematográfica (deducción del 18% para las inversiones cinematográficas y 5% para el coproductor financiero), 0,59 millones a la edición de libros y 0,02 a gastos e inversiones para la protección del patrimonio histórico. Se trata de cantidades irrisorias, que aunque beneficien a un número muy reducido de empresas, han sufrido una rápida reducción como consecuencia de la progresiva desaparición de los supuestos de desgravación. Por ejemplo, en 2014 desaparece la bonificación por actividades exportadoras de producción cinematográfica, audiovisual y editorial. Comparado con el presupuesto del año 2011, los beneficios previstos para inversión cinematográfica ascendían a 31 millones.

Por otro lado, de los 156 millones de Euros previstos como desgravación al patrocinio empresarial, solo 11,4 millones corresponden incentivos fiscales al mecenazgo, una cantidad insignificante puesto que la mayoría de empresas prefieren descontar la aportación como gasto deducible en la base del impuesto en lugar del beneficio del 35% en la cuota (y con un límite del 10% del resto de la base imponible) que otorga la Ley 49/2002 de incentivos fiscales al mecenazgo.

Otros 67 de los 156 millones corresponden a donaciones genéricas y 77 millones más para compensar el apoyo a aquellos pocos grandes acontecimientos o conmemoraciones que cada año fija el consejo de ministros. Estos acontecimientos deportivos o conmemorativos declarados de excepcional interés público gozan de la más alta desgravación fiscal: una deducción del 15% sobre el total de gastos de publicidad y propaganda (el 100% si el soporte publicitario divulga específicamente el evento y el 25% en el resto de gastos en publicidad de la empresa), con un límite máximo del 90% de la donación. El gran diferencial de tratamiento fiscal (el patrocinio al resto de actividades de interés general solo gozan de un 35% de desgravación del valor de la donación) concentra el apoyo de las empresas con gran capacidad de gasto publicitario en aquello que fija el gobierno. A modo de ejemplo, los nueve grandes acontecimientos que desgravan a partir del primero de enero de 2014 son: “Donostia/San Sebastián, Capital Europea de la Cultura 2016”, “Expo Milán 2015”, “Campeonato del Mundo de Escalada 2014, Gijón”, “Campeonato del Mundo de Patinaje Artístico Reus 2014”, “Madrid Horse Week”, “III Centenario de la Real Academia Española”, “120 años de la Primera Exposición de Picasso. A Coruña, febrero-mayo de 2015”, “IV Centenario de la segunda parte de El Quijote” y “World Challenge LFP /85º Aniversario de la Liga”. Al lado de acontecimientos realmente relevantes, la arbitrariedad de criterio del resto es evidente (en especial si se compara con el trato de favor fiscal diferencial con la multitud de otros eventos meritorios posibles).

En resumen, los beneficios fiscales otorgados por el gobierno español al consumo y a la inversión cultural, así como a los donativos para entidades y actividades sin fines de lucro no solo han sido tradicionalmente cicateros en comparación con otros países occidentales sino que han decrecido fuertemente en los últimos años. Esto ha sido así por efecto de la crisis económica (bajada de los ingresos, el consumo, la inversión) y su traslación en menores ingresos fiscales y pago de la deuda, pero de forma especial como consecuencia de una política gubernamental discriminatoria respecto a la cultura. A diferencia del gasto cultural público, quien decide la cantidad y el destino de los recursos son la ciudadanía y las empresas donantes o consumidores. Los incentivos fiscales no solo fomentan una sociedad más culta y filantrópica, que complementan el necesario apoyo público directo a la cultura, sino que al incrementar el volumen de actividad económica acaban generando un importante retorno fiscal: compra-ventas que generan mayores ingresos por IVA, salarios que devengan en aumentos de la recaudación por IRPF o beneficios empresariales que alimentan el impuesto de sociedades. Con la excepción de las haciendas vascas y navarra que disponen de un mayor grado de independencia fiscal, el resto de administraciones públicas españolas cuenta con un escasísimo margen de libertad para favorecer fiscalmente la actividad cultural. Esperemos que la prometida nueva ley de mecenazgo abra las puertas a un cambio real de mentalidad.

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1 Beneficios fiscales computables a la administración central tras descontar las partes atribuibles a las Comunidades Autónomas y a las entidades locales por las cesiones parciales de IRPF e IVA. Ver Memoria de Beneficios fiscales. Presupuestos generales del Estado, años 2009 a 2014.
2 Según un estudio citado en Asociación española de fundaciones: Propuestas para la reforma de la Ley 49/2002, de 23 de diciembre, de régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo. Julio de 2013. 

Presupuestos públicos de cultura en caída libre

Evolución presupuesto Adm. Central y CCAA 2007-2013 (€/hab. deflactado y % s/presupuesto total)
El gráfico es elocuente. En seis años, de 2007 a 2013, el gasto público presupuestado en cultura ha bajado no solo en valor absoluto (una vez deflactado el efecto de la inflación) sino también su proporción en los respectivos presupuestos públicos. En el año 2007, el conjunto de gobiernos autonómicos invirtieron en cultura el equivalente a 67 Euros por habitante*, mientras que en el año 2013 solo presupuestaron 32 Euros, menos de la mitad. En relación al presupuesto total de su respectiva administración, la ya muy limitada partida cultural se desplomó del 1,82% al 0,96%, y esto en un período de grandes recortes.

Por su lado, la administración central mantuvo su limitado compromiso con la cultura hasta el 2010 (alrededor de los 26 Euros anuales), pero en los tres últimos años, la aportación ha caído a 14 Euros por habitante. De manera parecida a las comunidades autónomas, el peso de la aportación a la cultura en el conjunto del gasto público ha pasado de un ya muy escaso 0,62% a un irrisorio 0,34% con el Ministro Wert.

Un análisis más pormenorizado por comunidades autónomas permite relacionar el calendario electoral, los cambios o continuidad de los partidos en el gobierno y la imposición de la disciplina presupuestaria a lo largo del periodo 2007-2013. No disponemos aun de datos liquidados de 2012 y 2013 hecho que obliga a tomar los presupuestos aprobados por los respectivos parlamentos como fuente de información estandarizada (aunque la disciplina para no superar los límites de endeudamiento se ha dado justamente durante estos dos últimos años, con lo que la distancia entre el gasto presupuestado y el valor finalmente liquidado será superior al de otros ejercicios).


Las comunidades de Madrid y Valenciana, desde hace años en manos del partido popular, vienen reduciendo desde 2007 el valor de su aportación y del peso de la cultura en su presupuesto total. El gobierno madrileño ha pasado de dedicar 54€ a 19€ por habitante en este sexenio, en un desapalancamiento ideológico riguroso y planificado. El gasto de la administración central en equipamientos y proyectos asentados en la capital, junto a un sector privado con muchos recursos, le ha permitido históricamente ser el territorio español con menor gasto cultural de sus administraciones territoriales (ayuntamientos y comunidad autónoma). En Valencia, la reducción empieza en la misma fecha pero partiendo de aportaciones mucho más altas. Y en Galicia y en Castilla-La Mancha el cambio desde un gobierno progresista al PP (respectivamente en 2009 y 2011) ha significado una reducción brutal del presupuesto destinado a cultura. En Galicia se ha pasado de 76,4€ por habitante en 2008 a los 29,8€ en 2013. En Castilla-La Mancha, de 65,3€ en 2010 a 16,8€ en solo tres años (el 0,5% del presupuesto (en una comunidad con escasas competencias extraordinarias traspasadas); la reducción más intensa y drástica de un presupuesto autonómico de la mano de la presidenta de la comunidad y secretaría general del partido popular español.


El caso andaluz, donde ha habido continuidad socialista en el gobierno, el recorte no se explica por razones ideológicas sino por intentar reducir el déficit presupuestario. Con un gasto autonómico por cápita situado de entrada en la banda baja, Andalucía recorta su aportación en cultural a partir de 2010, hasta alcanzar en 2013 la raquítica cantidad de 24,4€ por habitante (el 0,72% de su presupuesto). Más curioso es el caso extremeño, donde desde 2011 gobierna el partido popular con apoyo externo de izquierda unida. Su reducción ha sido bastante menor y su participación en el presupuesto de la comunidad se mantiene en el 1,26%.

Finalmente, el caso catalán, que con presupuesto  para 2013 prorrogado y a falta de los dados liquidados que permitirían una real evaluación de los recortes, se mantiene como la comunidad que reduce en menor proporción su presupuesto cultural, aun y el cambio de gobierno de finales de 2010. A Cataluña vamos a dedicar un próximo post específico.

En esta primera aproximación no hemos incorporado otras comunidades con continuidad del partido popular en sus gobiernos (como Castilla y León, La Rioja, Cantabria o Murcia) o con cambios recientes (Aragón) por la similitud de comportamientos con los reseñados. Tampoco se han tenido en cuenta aquellas donde los entes provinciales o insulares tienen cedido una parte importante de las competencias culturales (como el País Vasco, Baleares o Canarias), o aquellos casos políticamente complejos (Asturias) o con un concierto económico que le permite disfrutar de recursos mucho más amplios que los demás (País Vasco y Navarra).

En este sentido, el último gráfico muestra el gasto agregado liquidado por habitante del conjunto de administraciones territoriales (ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autónomos) correspondiente a los años 2010 y 2011. La mayor holgura de recursos de País Vasco y Navarra (todos quisiéramos el concierto económico!) se combina con comunidades con mayores dificultades pero con un compromiso claro de apoyo (Cataluña, Asturias, Extremadura y en aquellos años también Castilla-La Mancha). En la cola se sitúa Madrid, seguida de Andalucía, Murcia, Baleares y La Rioja.

Lluís Bonet i Tino Carreño
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Fuente: Ministerio de Hacienda y Administraciones públicas. Elaboración propia.
*Euros constantes de 2008

Ante un cambio de época



Después de varios meses sin publicar en el blog reprendo el reto de compartir algunas reflexiones sobre dos ámbitos cruciales de mi vida profesional y ciudadana, ambas en una crisis profunda, confío que catártica, que reflejan un cambio de época y de paradigmas. Por un lado la situación del sector cultural como efecto del repliegue del estado en su desarrollo, y por otro lado, el desencaje de Cataluña en España fruto de un largo proceso de incomprensión y desencuentro.

El sector de la cultura sufre de forma muy directa los efectos de la crisis, en especial en aquellos países donde ésta se plantea de forma más cruenta y con efectos directos en los presupuestos públicos y sus prioridades. No creo que sea una situación pasajera, sino que se trata de un proceso de transformación profunda de los paradigmas que permitieron en Europa el desarrollo de unas políticas culturales como parte del modelo del estado del bienestar. Las políticas gubernamentales que alentaron la creación artística y la protección y puesta en valor del patrimonio, formaron a diversas generaciones de profesionales de la cultura y pusieron a disposición de la ciudadanía una oferta de programas y equipamientos de calidad, están en franco declive. En un par de años hemos visto cerrar todo tipo de proyectos, en especial aquellos con débiles anclajes institucionales pero con dependencia umbilical de los presupuestos públicos. Y muchas más iniciativas desaparecerán en un próximo futuro no solo por la reducción drástica de los recursos presupuestarios sino también, en el caso español, por el incremento brutal de los costes fiscales cuando el consumo cultural y el patrocinio privado estaban ya bajo mínimos. Sectores enteros de la acción cultural quedarán reducidos a la mínima expresión. El producto interno bruto cultural y su impacto en términos de empleo y de actividad caerán drásticamente. Y estrategias como por ejemplo la cooperación cultural al desarrollo prácticamente desaparecerán.

No parece que sea un proceso coyuntural sino el final de una época que obliga a replantear las estrategias y los paradigmas de intervención y financiación de la cultura para que en este tsunami no se lleve por delante el esfuerzo de diversas generaciones de activistas culturales. Evidentemente, el sector cultural debe realizar una profunda autocrítica pues no logró insuflar suficientemente la demanda y legitimar su misión y estrategias ante la sociedad y sus gobernantes. Es evidente que hemos hecho bastantes cosas mal y desaprovechamos un buen número de oportunidades. Por todo ello, intentaré en los próximos escritos repensar buena parte de los textos redactados durante los últimos años sobre política cultural y los modelos económicos y sociales de intervención cultural.

El otro gran tema al que voy a dedicar esfuerzos es en intentar explicar el desencuentro entre Cataluña y España. Hace años que hablar de mi realidad nacional con amigos no catalanes se ha convertido en un tema recurrente pero de difícil comprensión. En demasiadas ocasiones he tenido la sensación de hacerme pesado, o hasta incomodarles con unas reflexiones que no encajaban con su realidad y preocupaciones pues suficientemente complejo es lidiar con la crisis económica, la cohesión social, el desarrollo cultural o el proceso de globalización para que alguien les hable de procesos de emancipación nacional en el seno de la Europa Occidental del siglo XXI. ¿Cómo justificar un proceso de separación cuando todos estamos inmersos en interdependencias crecientes? En particular, cuando dicha pretensión se asocia a una voluntad egoísta y excluyente de unos pueblos ricos en un momento de dificultades económicas para todos. Intentaré presentar las distintas razones y puntos de vista que explican dicho desencuentro, así como las consecuencias sociales, culturales, económica y políticas de las alternativas de relación posibles en función de como se lleve el proceso político de secesión o unión. No es un reto fácil pues intentaré presentar mis observaciones y diagnóstico de la forma más objetiva y analítica posible con la pretensión que mis amigos no catalanes dispongan de una versión más para entender la situación.